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domingo, 11 de mayo de 2014

El Proyecto

Nota: este relato nació a partir de una consigna del Taller Literario DisparaLetras, la misma consistía en crear un relato de no más de dos mil palabras que debía contener a los siguientes tres personajes: un taxista, un científico y un político. La historia debía llevarse a cabo en un ambiente navideño. Esto fue lo que resultó de dicho ejercicio. Espero que sea de su goce y cualquier comentario será bienvenido.


   Hacía mucho calor, como era costumbre en el hemisferio sur en esa época. Cuando era chico, él deseaba que cayera nieve en Navidad como ocurría en las películas norteamericanas. Pero no, en Buenos Aires esas cosas no sucedían. Aquí era verano, allí invierno. La noche se acercaba al momento en el que todo el mundo levantaría la copa en un brindis muchas veces hipócrita, donde las miradas cínicas serían protagonistas de un momento «mágico» y repleto de mentiras, deseos violentos y bañados de oscuridad y envidia. Los únicos que en verdad sienten la Navidad como debe ser son los niños; la inocencia es el tesoro más preciado que pierde cualquier persona al crecer en un mundo devastado por gobiernos corruptos e ideales arteros.
   El coche dobló en una esquina sin detenerse, no había nadie por la avenida, y continuó derecho como había indicado el joven científico.
   ―Hermosa noche, ¿no cree? ―preguntó el taxista para entablar una conversación. El pasajero se limitó a asentir con un leve movimiento de cabeza mientras sus pensamientos continuaban perdidos en el limbo de su locura―. Deseo que la disfrute como corresponde junto a sus seres queridos.
   ―Estoy solo ―respondió el científico al tiempo que se aferraba a la gran bolsa blanca que tenía a su lado. Su objeto más preciado, pero ausente.
   ―Ah. ―El taxista no supo qué más aportar al diálogo.
   ―No se preocupe, es normal. Y por lo que veo no soy el único que está solo ―observó el pasajero.
   El chófer se sintió incómodo por un momento. Su pasajero parecía un poco enfermo, su piel estaba pálida y tenía unas ojeras muy negras. Hablaba con cierta lentitud, como si le costase pronunciar cada palabra, pero, en apariencia, inteligente.
   ―Son pocas las personas que trabajan durante Nochebuena. O le interesa demasiado el dinero, o no tiene a nadie con quien brindar esta noche. Y creo que la segunda es la opción más probable.
   El taxista asintió, su interlocutor estaba en lo cierto. Él mismo se había encargado de que su vida fuera así de miserable. Nadie lo había mandado a meterle los cuernos a su mujer y, por ende, a correr el riesgo de perder a su familia, suceso que finalmente había ocurrido.
   ―Deténgase aquí ―ordenó el pasajero mientras abría la puerta del lado derecho del taxi y abrazaba con fuerza la caja que llevaba en la bolsa de plástico―. Vuelvo enseguida ―informó.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Buscando un final


    Pertenece a un pasado olvidado, ¿o a un futuro lejano? Pertenece al anhelo de cada latido de su corazón, aquél es parte de un recuerdo que se aleja con cada segundo que transcurre en soledad. Las agujas del reloj giran ignorantes a lo que sucede en derredor, tal vez nada, tal vez mucho. Un tic tac que no pretende detenerse, al igual que la falta de inteligencia de los tontos que creen que el final es feliz. Ese sonido se mezcla dentro de su cabeza con los pensamientos de un amor despiadado, un amor que no quiere ser amado, un amor que no miente.
   Pertenece a la luz de la oscuridad de un cuarto sumergido en los recuerdos de una memoria que cuida cada detalle, cada centímetro de la piel de ella. Intenta recorrer con sus labios secos, escasos de palabras, una vez más el mapa imaginario del cuerpo de aquella mujer que supo entregarse al placer de la felicidad. ¿Cuándo fue la última vez que intentó mirar hacia delante? ¿Hay algo más allá del dolor? Tal vez lo esperan unos ojos claros, con una profundidad inmensa, con una mirada eterna, cansados de esperar... Tal vez no; los peligros de la desconfianza merodean a su alrededor.
   Sí, pertenece a la falta de razón cuando supo que ella había decidido correr hacia nuevos horizontes, derrotada por la grandeza del tiempo. El tiempo, ¿quién pudiera ser capaz de matarlo?
    Pertenece, ¿a qué pertenece...? Hay un abismo delante de su corazón y está dispuesto a saltarlo. Al fin y al cabo será capaz de volar como lo hizo su amor del pasado, o del futuro. Todavía no está seguro. El poder del tiempo, el mismo que consume la vida y deja en el camino, inertes, las acciones nunca llevadas a cabo por sus víctimas arrepentidas de las oportunidades desechadas por la falta de decisión; el tiempo es implacable.
    ―¡Sé tenaz con tus deseos! ¡Desafía la maldita existencia! ¡Enfrenta tu blanca pasión y la roja lujuria que te consume!―se dice por dentro, pero tiene miedo.
    Pertenece al grupo de los cobardes. Pertenece al grupo de escritores que se dedican a derrochar palabras sin sentido una noche de invierno con la esperanza de revivir al menos en sus historias; escribir, la única manera que existe para matar la ansiedad de volver a verla el día de mañana mientras oye el crudo sonido de las agujas del reloj, recordándole que no le queda mucho tiempo para abrazar un nuevo amanecer.
    Se pregunta si algún día ella leerá sus letras y entenderá lo que intentó expresar cuando escribió tales pensamientos. Allí estarán hasta el fin de los tiempos a la espera de recibir una lágrima y colocar el punto final donde corresponde.
   Él es un tonto que todavía cree en los finales felices...

sábado, 7 de diciembre de 2013

Miradas, imágenes y recuerdos: puntos suspensivos

Volver

  Tengo unas ganas inmensas de sumergirme nuevamente en el mundo inimaginable de las palabras, pero el miedo a caer otra vez en las historias donde busco a la misma persona desde hace años no me permite continuar. De fondo se oye una canción que converge a mi mente y alma en un momento que todavía no logro recordar.
  Un punto y aparte no será suficiente para finalizar esta historia. A veces creo que lo mejor sería irse muy lejos e intentar comenzar de nuevo, pero el destino se encargaría de llevarme sus recuerdos hasta donde intentase esconderme. Sé muy bien que debo enfrentarla de una vez por todas. Así son las historias, se entremezclan con mi realidad y no me permiten ver más allá de este velo que oculta los ojos tristes de quien desea hallar la felicidad cuando el reloj diera las doce.
  ¡Maldito este manto que oculta su silueta de mi vista! Al final no podré volver a verla y tendré que conformarme con la imagen que veo en mis recuerdos borrados por el tiempo.
  Todavía sigo sin poder crearla. Todavía sigo perdido en la confusión de esta historia sin final.


Melodía

Cada vez que me voy siento que una parte de mí se queda allí.
A veces creo que lo mejor sería no volver.
Sin embargo, hay algo que no me deja vivir
sin la melodía de tu dulce mirada.
Tal vez sea el miedo a perderte,
tal vez sea la ausencia de tu esencia.

Necesito regresar una vez más,
estoy seguro que no huiré de nuevo;
quiero perderme en tus ojos,
quiero oler tus labios
y tocar tu aroma.
Te necesito y no sé cómo decírtelo sin sonar ridículo.

Pienso en que esto había comenzado como una frase más
y ahora ha crecido hasta superar mis horizontes.
Creo que seguiré sentado aquí mientras el tiempo envejece
y se vuelve una herramienta difícil de manipular,
un arma de doble filo.

Cada vez que me voy de allí,
un latido, una porción de ese tiempo, se muere en mí.


Verte

   Te veo allí, sentada, mientras tu atención se pierde en las líneas que las gotas del agua condensada dibujan en el vidrio al caer; a través del cristal puedo ver la tristeza que huye de tus ojos como el brillo del diamante. 
   Te veo, te contemplo; cuando me observás te evito.
   No puedo hablarte, no debo hablarte.
   Tu mirada también parece esquivarme para no cruzarte con mis pensamientos, una vez más.
   El miedo me invade y la fuerza que debo realizar para resistir la tentación de sentarme a tu lado aumenta.
   Te veo hoy, te vi ayer, siempre estás allí esperando que me dirija a vos.
   Cierro los ojos y una vez más tu imagen se imprime en la oscuridad que olvida la existencia de todo más allá de la imaginación.
   Tengo miedo, tengo miedo de no volverte a ver.
   Tengo miedo de volverte a ver.
   Tengo miedo de que nunca más sea capaz de crearte en ese lugar donde una vez nos dijimos adiós. 
   Las gotas continúan recorriendo el vidrio mientras se dibuja un camino que nunca volveremos a ver con la mirada triste y pensamientos perdidos porque ya no estamos aquí.



martes, 8 de enero de 2013

Miedo al sapo

Introducción: este relato surgió después de una mala experiencia con un sapo. No me estaba cagando, pero sí meando, así que me dirigí al baño como siempre (y como creo que hace todo el mundo), abrí la puerta y, cuando me estaba bajando la bragueta y me acercaba al inodoro, vi que había un sapo en el borde del mismo. Me pegué un cagazo de la puta madre. Salí del baño y llamé a mi hermano menor para que sacara al animal de allí. El sapo saltó del inodoro, estaba todo embadurnado de mierda. La teoría de mi viejo es que los  sapos (eso pasó dos veces, la segunda: mientras mi hermano se bañaba vio cómo otro sapo salía del inodoro y se posaba en la plataforma del mismo, es un inodoro un poco raro) se meten por el hoyo del pozo séptico y, como está muy lleno, nadan entre la mierda hasta llegar al caño que da al inodoro. Menos mal que ya no vivo ahí y donde estoy me encuentro a dos pisos del suelo. Para ser un poco más sensato, creo que en realidad son ranas pero no me voy a poner a limpiarles el sorete de la piel para ver si la tienen lisa o rugosa.


   El sol estaba calentando el mundo en la plenitud de la tarde y a él le dolía la panza. Había comido muchos chocolates durante la mañana y ahora estaba a punto de reventar. De tanto dolor que sentía cerró sus ojos y buscó la manera de relajarse.
   Necesitaba ir al baño lo antes posible, pero no allí, no en esa casa. Lo que había dentro del inodoro no le permitía ni acercarse a tomar el rollo de papel higiénico: el sapo todavía flotaba en la superficie del agua panza arriba y, si tiraba la cadena, podría tapar el inodoro y no podía correr ese riesgo, el hijo de puta era enorme.
   Aún le dolía el estómago. Y temía a esos bichos, vivos o muertos. ¿Cómo había llegado un sapo a su inodoro? No lo sabía, pero había sido un sapo muy boludo porque se había ahogado. Por desgracia estaba solo en la casa, mamá estaba en el trabajo. Faltaban tres horas, más o menos, para que ella llegara y le sacase el animalito del Trono de los Pensamientos. Pero necesitaba cagar ahora. Miró a través de la ventana directo al campo.
    —No, no pienso echarme un cago atrás de un árbol. No me voy a limpiar el culo con pasto. Ni que fuera vegetariano.
   ¿Entonces tu culo come carne? Que mal habla eso de vos.
   Negó con un gesto de cabeza. Qué zorra era la mente humana. A veces pensar no era bueno. Un fuerte dolor en el vientre, como si lo estuviesen cagando a patadas desde el estómago (no como le pasa a las embarazadas, ellas tienen a los bebés en otro lado), le recordó que le estaban golpeando la puerta de atrás por dentro. Miró en el horizonte y vio la casa de su amiga. Sí, ella lo dejaría pasar al baño.
   Volvió a recordar el sapo con la panza blanca inflada y apuntando hacia él; esa pequeña y horrible mueca que formaba con esos labios tan definidos; las patitas abiertas a los lados, y ese horrible orificio que debiera ser por donde garcaban. Sintió asco.
   Cerró sus piernas, se agachó, respiró hondo y, cuando se hubo calmado, comenzó su travesía a la casa de su amiga y vecina del alma (o viceversa).
   Cruzó la calle y saltó el alambrado. Empezó a correr sin parar. Cuanto más cerca veía la casa de su amiga más fuerza debía hacer para no cagarse (lo que sucedía cuando a uno lo afectaba la ansiedad). No vivía lejos, pero con esa desesperación por sentarse en el trono y abrirse de piernas, cien metros parecían diez kilómetros.
   Conocía a su vecina desde la primaria y eran muy buenos amigos. Sus padres tampoco casi nunca estaban en casa durante todo el día. Como los padres de él, los de ella trabajaban hasta tarde para llevar la comida al hogar. Así era la vida del pobre. Siempre se había llevado bien con su amiga y se confiaban casi todos sus secretos. Durante gran parte de su vida, él nunca había mostrado otro interés que no fuese amistad, pero el desarrollo de la adolescencia había cambiado los planes: a su amiga le habían crecido los pechos y se le había redondeado y crecido el culo de una manera casi exagerada. Más de una noche le había dedicado una bajo las sábanas.
   —¿Y qué mierda voy a hacer si me llena los huevos cada vez que la veo? —se quejó mirando al cielo.
   Debía hacer cada vez más fuerza para que nada saliera de su ano, pero también comenzaba a sentir una erección que no podría parar si no pensaba en algo feo. Basta de amiga, che.
   Pensó en un perro, se lo terminaba empernando. Pensó en los zombies de The Walking Dead, entonces acababa practicando la necrofilia. Pensó en el sapo, casi todo regresó a la normalidad. Su pene se cayó como si le hubiesen dado una mala noticia luego de jugar todo el día.
   Se detuvo frente a la puerta. Esperó unos segundos para recuperar el aire y luego llamó con tres golpes fuertes. Silencio. Esperó otros segundos, muchos. Golpeó nuevamente. Silencio otra vez. Esperó un minuto más. Estaba dispuesto a golpear por última vez resignado a cagarse encima cuando oyó la voz de ella al otro lado. Se la oía agitada, o cansada.
   —¿Quién es? —preguntó.
   —Soy yo, tu amigo del alma. —Necesitaba con suma urgencia su baño y no podía decírselo porque, aunque había pensado en hacerlo, sentía vergüenza.
   Ella abrió la puerta. Sus mejillas estaban ruborizadas, por no decir al rojo vivo.
   —¿Estás bien? —preguntó él—. Parecés como si tuvieras fiebre.
   —Sí —contestó ella—. El que no parece estar bien sos vos.
   —No, solo estoy un poco cansado de tanto ir y venir. ¿Puedo pasar?
   Ella dudó por un momento pero no podía decirle que no. Lo invitó a entrar.
   —¿Querés unos mates? —le ofreció.
   —Dale, te agradezco.
   Ella fue a la cocina.
   —¿Puedo pasar al baño? —preguntó intentando no parecer muy desesperado.
   —Claro, pasá nomás.
   Entró al baño. Se bajó los pantalones y dejó que todo fluyera como Dios manda: sin obstáculos ni complicaciones. Por momentos detenía el chorro para evitar hacer cualquier sonido si el caudal se iba al carajo y aumentara la presión acabando en un pedo muy sonoro. Abrió la ventanita para que saliera el olor y agitó sus manos para dispersarlo por todo el cuartito. Hizo ese ritual por varios minutos.
   Un rato después se sentía como un hombre nuevo. Tiró la cadena y salió del baño con una sonrisa de oreja a oreja. Se sentó a la mesa y observó a su amiga preparar un mate. Le divisó el escote y la excitación volvió hacia él una vez más. Comenzaba a sentir la presión en su pantalón.
   Se cruzó de piernas.
   La miró a los ojos. Parecía avergonzada.
   —¿Te pasa algo, amiga?
   —No, nada. —Le ofreció un mate a su invitado, le temblaban las manos y casi dejó caer una buena cantidad del líquido que al final se mantuvo en el recipiente. Él lo aceptó sin prestarle atención a ese mínimo detalle. 
   La excitación que el muchacho sentía era demasiado intensa y no lo dejaba pensar con claridad. Le volvió a mirar el escote y notó la respiración agitada de su amiga en sus bochas. El mate se le cayó al suelo.
   —Disculpame —se excusó. Se agachó para agarrar el mate y no pudo evitar pegarle una ojeada a la parte de abajo.
   Ella llevaba una pollera negra demasiado corta. Su vista recorría dos piernas blancas a una velocidad que le permitía imaginarse las mejores fantasías adolescentes. Avanzó hasta el punto donde se unían, el dulce punto del placer. Estaba transpirando. Le miró la bombacha rosada y el calor le subió hasta las nubes. El cielo parecía un infierno.
   El aire estaba cálido allí dentro, en el comedor de la casa de la vecina. El salvajismo estaba a flor de piel y la excitación impregnaba todo el lugar. Él se levantó y dejó al descubierto su fogosidad para que ella lo viera.
   —Estuve practicando —comentó ella mientras le fichaba el bulto—. Quiero tener un orgasmo.
   Se subió a la mesa y se acercó a él gateando y ronroneando, mientras sus pechos intentaban zafarse de la prisión del escote de su musculosa. Luego se arrodilló y se arrojó sobre su víctima sexual como si fuese una leona. Le tomó las manos y extendió sus brazos a los lados. Comenzó a recorrer el cuerpo de su amigo hacia abajo: primero el cuello, un beso, luego el pecho, una lamida cálida, luego la panza, un chupón. 
   Una fuerte sensación atrapó al muchacho comenzando desde el estómago, donde yacían las mariposas, hasta la garganta. Se zafó de las manos de la muchacha, le agarró la musculosa y se la desgarró como si fuese un depredador atrapando a su presa; sus tetas eran libres al fin. Comenzó a besarle el cuello y luego bajó lentamente hasta el pecho. 
   Ella gemía mientras le quitaba a él los pantalones con bastante torpeza. Le quemaba todo el cuerpo. La fricción entre las pieles generaban el fuego de la pasión y de la calentura acumulada. Él le chupó los pezones y luego le sujetó las nalgas con sus manos, el culo era firme y redondito, como siempre se lo había imaginado. La desnudo por completo y luego la penetró con falsa delicadeza.
   Ella llevó sus manos al trasero de su amigo y le presionó los cachetes peludos. Él movió su pelvis hacia delante y la penetró un poco más. Ella profirió un gritito casi ahogado mientras le seguía manoseando el culo: arrastró su mano derecha hasta la zanja peluda y metió el dedo índice en el hoyo. 
   Él gritó y se sacó el dedo del orto; para vengarse la dio vuelta, la aferró por la cintura, la apoyó contra él y se dispuso a hacerle el ojete pero ella se alejó un poco. No, no quería que le hicieran el totó... todavía.
   Todo sucedía tan rápido que no se habían dado cuenta que habían cedido a sus respectivos deseos, esos que habían reinado sobre los sueños húmedos por demasiado tiempo.
   —Te la voy a chupar toda —dijo ella para compensarlo por el tema del culo, luego se mordió los labios, se arrodilló y... a lo dicho...

   Abrió sus ojos. Se puso los guantes de goma, metió la mano en el inodoro y sujetó el sapo por una de sus patitas traseras. Lo sacó de ahí y lo arrojó al campo. Se quitó los guantes y se sentó sobre el inodoro con toda la tranquilidad del mundo. El chorro de diárrea salió de su agujero con una presión que salpicó la pared del trono con sorete y de agua sus cachetes peludos, más un poco de caca. Se sentía el rey del mundo.
   —Mierda, no me quiero imaginar lo que me habría pasado si le hubiera tenido miedo a los sapos. Seguro que ahora me estaría cagando encima.

   «A veces es mejor tener miedos.»



lunes, 7 de enero de 2013

251: son palabras


    Y es que no lo puedo evitar, ya no: hay un «Te amo» que quema mi interior y se rehúsa a ser pronunciado por mis labios cuando estás frente a mí. Este es el momento para decírtelo y desahogar mis sentimientos que se mueren en el reino del tiempo perdido. Es hermoso observar tus ojos bonitos mientras te hablo, siento que podría superar todas las eternidades en esta situación.
    Vamos, tomá mi mano que quiero mostrarte lo que tengo para darte. Prometo que te dejaré ir cuando termine. No, no me pongas esa cara o no sé cómo continuaré. Hay una canción dentro de mi cabeza que no deja de sonar. Hay un sueño que no deja de dormir. Y vos estás junto a mí, hasta el fin de los tiempos.
    Si hay una cosa que no soy es poeta pero, a veces, siento que encuentro las palabras correctas para hablarte, aunque debo admitir que necesito un poco de ayuda.
    Quien hoy te habla es mi corazón, no lo puedo controlar. Él te quiere y no se detendrá hasta tocar tu alma; él no quiere tu libertad, prefiere esta prisión en la que muere con la esperanza de que algún día tendrá tu amor. Él quiere dejar en tu alma su huella por siempre. La pasión que lo hace latir parece menguar con el paso de los días.
    Hoy te dije tan poco. No sé qué va a pasar mañana.
    Solo sé que debería dejar de tomar vino en el desayuno.

domingo, 7 de octubre de 2012

Eterno sueño de un amor olvidado (Versión poema)


Eterno sueño de un amor olvidado (Versión poema)

   Este es el producto de un enorme pero hermoso esfuerzo por revivir un relato que debió ser poema desde un principio. El relato original está dirigido a una persona que nunca supo apreciar (o amar) lo que le ofrecía. El relato a mí me gusta demasiado. Por esa razón decidí revivirlo en un intento por hacerlo poema. Es una historia con demasiados desvaríos, al menos yo la entiendo. Queda a tu criterio darle la sentencia final. Nadie revisó el poema, sepan que no soy bueno para esto pero lo hago de corazón (gracias a El Edén por quitarme el miedo a escribir poesía, o al menos intentarlo)...

Versión poema de "Eterno sueño de un amor olvidado"

I
Te encontré en un mundo
sumergido en ilusiones del olvido,
en fantasías perdidas.
Allí los sueños no existían.
Ese mundo era el Sueño.

Tú eras la reina de ese mundo
gobernado por la imaginación.
De pie sobre los cimientos del fin,
sobre pensamientos e ideales,
donde morían los fracasos humanos,
mirabas al suelo con una lágrima en tus manos.

II
Altanera tu belleza
olvidada por los hombres,
reyes de la codicia.
Te vi y me enamoré.

Miles de palabras flotaban,
sin significado vivían.
La brisa mi tristeza se llevaba,
en la oscuridad acabaría.

Tú a mi lado,
generabas una certeza:
las penas no volverían
por el resto de mis días.

III
Tus ojos, negros y profundos,
ventanas de la felicidad.
Tu corazón, motor del mundo.
Tu amor, fuente de la eternidad.

Tu amor, sincero.
Tu amor, rey de la humanidad.
Sobre las ruinas del ser humano
en la historia aseguramos
la destrucción de la verdad.

La historia tiene un final.
Nada existe por siempre.
Solo tu belleza es eterna.
Solo tus caricias son infinitas.

IV
Tus besos no olvido,
tu mirada aún veo.
En ese mundo perdido,
te pedí un deseo:
morir a tu lado
como un loco enamorado.

V
En el aire está tu sonrisa,
me observa solo a mí.
Me tocas con tu brisa
en ese mundo soy feliz.

Algún día volveré
y como un hombre te amaré.
Es lo que quieres,
es lo que anhelo.
Eres la reina
de mis noches en desvelo.

FINAL
Este poema es para ella,
de mis fantasías es la estrella.
No existen palabras ni doncella
que se comparen con su belleza.



...fin de otra locura.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Recuerdos e imaginaciones

Antes de comenzar a leer: este es uno de esos relatos que escribo en momentos raros, por decirlo de alguna manera, en mi vida. A veces cuesta entenderlos y pocas veces se es capaz de llegar hasta el final por lo denso de sus palabras. Yo lo veo como un relato un poco pesado y carente de agilidad en su lectura. Pero, como la mayoría de lo que escribo, termino por volcarlo en el blog y que sea lo que deba ser. Al fin y al cabo, tuve que invertir tiempo en su escritura.
No sé en qué estaba pensando cuando lo escribí, digamos que me tocó un fin de semana largo sin televisión ni internet en la casa de mi tía mientras ella disfrutaba de la Semana Santa en la playa de un lugar que no conozco ni me interesa conocer. 

Una vez más: que sea lo que deba ser...



Recuerdos e imaginaciones


Imagen tomada de aquí.


1
    Las historias de amor en las novelas baratas de puestos de diarios y en las telenovelas de la tarde siempre son perfectas. «Romeo y Julieta», por ejemplo, es magnifica, una historia donde el amor es el único protagonista; impecable, una obra maestra de todos los tiempos, pero irreal.
   Me pregunto por qué será que leo demasiado; creo que la respuesta es sencilla: necesito huir de la realidad y de los peligros que esta representa por no contener esas historias perfectas, historias donde los malos son verdaderamente malos y los buenos muy bondadosos a los que todos los lectores o, en caso del cine y televisión, idiotas, aprecian más que a sus propias vidas.
   Mis historias no logran la perfección y no pretenden alcanzarla, se conforman con estar ahí, en unas hojas esperando a que alguien les dé vida con su lectura. Si fueran perfectas nadie creería sus palabras, como en «Romeo y Julieta», es tan perfecta que todos llegamos a deducir que tal amor jamás existirá en nuestro mundo inerte, y eso es algo que tuve que aprender para seguir adelante. Estoy seguro que pocos creen en mis palabras y no me importa, hace tiempo que he dejado de ser el escritor que conocieron, ese ser romántico que llegó a enamorar a las adolescentes de toda la ciudad con sus palabras.
   Es hora de contar una historia en la que soy protagonista, no creo que sea el héroe que todos buscan ni es la historia modelo que muchos anhelan leer. Es solo una lágrima de desahogo donde las esperanzas no existen y el amor es solo un concepto que los hipócritas utilizan para sobrevivir en un mundo sin sentido ni razón pero también es el motor que necesitamos para creer que hay algo más allá de todo, nuestro motor de todos los días. En esta historia tuve que creer en lo que veía y sentía y abrir los ojos para renovar mis esperanzas. Estas palabras son mi única salida para regresar al pasado por última vez.

   Mi nombre es Santiago Alvear, como muchos ya sabrán, un escritor novato pero reconocido, y les voy a relatar un episodio inolvidable en mi vida, un momento en el que ya no creía en el amor y en la felicidad eterna. Les voy a contar cómo llegué a convertirme en este escritor sin futuro ni planes de vida. Solo me conformo con vivir en mis historias, allí me siento seguro pues soy el dios que crea y destruye a su voluntad su mundo de fantasías, como el Dios al que los cristianos adoramos. Hoy necesito volver a mi pasado y el mejor método para hacerlo es escribiendo mientras mi mente se adentra en las palabras y vuelvo a encontrarme con ella, un viejo amor si no el único en toda mi existencia.

martes, 4 de septiembre de 2012

Cuenta Regresiva

   Este es uno de esos relatos que ni siquiera llego a comprender una vez leídos después de un tiempo de haberlos escritos. Viene por el lado de lo que sentía al escribirlos. Por lo tanto, no me siento yo mismo al editarlo o hacerle algo, sin embargo, es uno de los que tienen la oportunidad de ser leído por alguien. No es de mis favoritos, sin dudas. 



    A veces voy a veces vengo. Muchas veces ni yo me entiendo.
    El mundo que gira a mi alrededor rara vez se encuentra en sincronía con mi locura. Es el mismo mundo que cada día se aleja más de mí, expulsando al paraíso de la Eternidad.

    Se hallaba al borde del precipicio al tiempo que su cuerpo se debatía con su mente: uno deseaba morir, el otro anhelaba vivir. El sol asomaba en el horizonte mientras bañaba con su calor naranja los ojos del cobarde que temía a la vida.
   Dio un paso adelante y se detuvo cuando no hubo más suelo para pisar. Una piedra se desprendió del borde y cayó inerte al abismo, donde la oscuridad aún reinaba. No hubo sonido, no hubo quejas, solo un silencio que se expandía hasta el final del paisaje.
   Levantó su mirada para observar un nuevo amanecer, todos los días parecían iguales pero no lo eran: siempre existía una variable capaz de alterar hasta la más poderosa constante del tiempo. Dentro de sí, en su corazón, sabía que no habría más oportunidades para cambiar las líneas que lo gobernaban mientras se dejaba existir a través de la Cuenta Regresiva.

   Me cansé de estar aquí cuando en realidad pertenecía a otro sitio. Me cansé de acercarme a ella aun cuando sabía que le correspondía a otro hombre. Quise entregar mi alma a cambio de un beso pero su valor era incalculable para un momento tan efímero de los labios de una mujer.
   No supe encontrar las palabras adecuadas para hablarle y me conformé con el silencio que brotaban de mis ojos. Solo ellos pudieron decirle lo que sentía por ella dibujando las letras con lágrimas secas.
   Me cansé de vivir una vida oscura como el interior de un corazón vacío. Me cansé de regalar mis ilusiones a la humillación de amar a escondidas. Hoy es el día en el que mi vida completa su círculo.

   Pensaba en lo que había hecho; ¿había sido suficiente como para satisfacer su hambre de materializar sus ilusiones o demasiado poco como para desvanecer sus esperanzas? No sabía la respuesta y dudaba si necesitaba de alguna respuesta. Las cartas estaban echadas: la Reina se encontraba sobre la mesa dirigiendo su mirada hacia él; los ojos de ese hombre se inundaban de lágrimas.
   No sabía con certeza las consecuencias de su error. Ahora solo la altura que lo separaba de la muerte podría purificar su corazón y devolverle la vida que había perdido tiempo atrás, cuando las esperanzas eran el motor de las ilusiones y las ilusiones eran las detonadoras de la depresión.
   Extendió sus manos a los lados y se dejó acariciar por una joven brisa del paisaje. No sonrió, no había necesidad de hacerlo. El reloj seguía marchando, o tal vez ya se había detenido. No lo sabía.

   Hoy iré a su casa y le diré todo lo que siento por ella. No usaré palabras extrañas ni daré vueltas como lo hace ella alrededor de mi corazón. No tengo nada más que pueda perder. La victoria no es más que una mera utopía: sería más fácil tocar el cielo que rozar sus labios. Sería más fácil, de eso no hay dudas.
   Ella es fácil, para otros. No me deja demostrarle mi amor. Solo eso sé hoy. Mañana será otro día.
   Es el momento de continuar. La vida es un conjunto de sucesos que se ensamblan en el transcurso del tiempo para construir el camino hacia nuestro único final seguro: la muerte. La vida es lo único verdaderamente valioso que no sabemos apreciar.

   Bajó sus manos y se las miró. Todavía había sangre de ella y de sus padres. No había podido resistir la negativa de la única mujer que había amado y aún amaba. No había podido resistir el poder del rechazo y la locura había absorbido su amor sediento de pasión.
   La pasión, veneno de la piel, se expresó en todo su esplendor cuando la sangre comenzaba a emanar de las heridas que crecían cuando la cuchilla continuaba su desgarrador trayecto dejando al descubierto los órganos del cuerpo de la víctima. La pasión era de color escarlata. El rostro del asesino estaba salpicado de muerte, de una cruel y tibia muerte.
   Todo era parte de un recuerdo borroso, cubierto de una niebla hipócrita de la inocencia de los culpables. Él sabía que no quedaba nada que lo arrastrase hacia la salvación. Se puso de puntas de pies y se inclinó hacia delante. No había familia (habían muerto en un accidente de tránsito hacia una década), no había amigos, no había tíos ni abuelos ni primos ni un conocido que llegase a extrañarlo algún día. No había nadie que se percatase de su ausencia en el mundo que estaba por venir y él no vería jamás.
   Se lanzó al vacío, dejó que la gravedad hiciera el resto del trabajo pero alguien lo interrumpió tomándolo de la cintura y deteniendo la inminente caída hacia el final apaciguador.
   —Es el momento de que pagues por lo que has hecho —dijo una voz masculina en un tono muy severo—. Algo peor que la muerte de quienes la desean es vivir la vida que desprecian. Tu castigo por matar será vivir para que sientas a tu cuerpo envejecer y debilitarse. El tiempo será tu cruel torturador y te destrozará lentamente hasta que dentro de tu cabeza comprendas que pudiste haber tomado otra elección. Te acabará y apuñalará con cada uno de sus segundos, oirás el verdadero poder del reloj. Oirás el susurro de la muerte a cada minuto.
   —Ella está muerta, soy el culpable y me merezco el peor de los castigos. Quiero volver a verla—dijo él mientras miraba el oscuro abismo extenderse ante sus ojos. Quien lo tenía tomado era alguien con demasiada fuerza pero no le importaba. Nada le interesaba.
   —Volverás a verla, pero eso sucederá cuando hayas pagado el precio de tres vidas con tu propia sangre. Eso tal vez nunca ocurra; como te he dicho: solo el tiempo sabe lo que pasará cuando tus ojos no puedan ver lo que hay en el horizonte. Disfruta este amanecer porque será el último que verás.
   El hombre le tapó sus ojos y luego lo sumió en una profunda oscuridad, procurando que él no vuelva a ver jamás la luz. Ese fue su castigo por entregarse al amor, el indomable de los corazones débiles y mentes corruptas de una vida frágil.

lunes, 9 de julio de 2012

Fragmentos de un amor que no se olvida




CADA VEZ ES DIFERENTE; CADA VEZ ES LO MISMO:
   Cada vez que te veo siento que todo el mundo desaparece a tu alrededor y ya no me importa nada más salvo tú. Cada vez que me hablas siento que mi cuerpo viaja a un paraíso donde estamos solos tú y yo. Cada vez que me tocas siento que mi piel quiere tenerte conmigo para el resto de la eternidad. Cada vez que estás cerca de mí, mi vida vuelve a tener sentido, aunque este no sea el correcto. 
   Sé suficiente de ti (conocimientos que desearía olvidar y no perderme siempre en los mismos caminos de la decepción de estas letras) para saber que nunca podré tenerte en mi cama cada vez que despierte, pero qué puedo hacer: las ilusiones inundan mi mente y los sueños resplandecen en mi alma al tiempo que mi corazón estalla de amor. Siempre.
...LAS MISMAS PREGUNTAS SIN RESPUESTAS. EL CUERPO NO CUESTIONA, SIENTE, IMAGINA, VIVE...
   ¿Cómo hago para borrar todos esos sentimientos de mí? ¿Cómo hago para olvidarte si estás grabada en mi memoria con el fuego de la esperanza? Esas son preguntas que no puedo responder y no porque no sepa las respuestas sino porque no las quiero escuchar. 
   No tengo miedo a formularte la pregunta que podría cambiar mi vida, sólo le temo a la respuesta que me puedas dar. Sé que debo cambiar porque la distancia entre mi alrededor y yo se hace cada vez más grande. Ya no soy capaz de ver el horizonte porque no existe ante mis ojos. Ya no soy capaz de medir el tiempo porque este se detuvo cuando te vi la última vez.
…PENSAMIENTOS DE SENTIMIENTOS FRUSTRADOS, EL MIEDO A VOLVER A FALLAR PUEDE REGRESAR AUNQUE...
   Ahora mismo mi cabeza funciona más rápido de lo que son capaces de pensar mis manos y me cuesta volcar estas palabras en el teclado con facilidad. ¿Hasta qué punto soy capaz de llegar antes de aceptar que no eres mía? ¿Hasta qué momento soy capaz de perder antes de aceptar que no eres parte de mi destino (al menos como yo te quiero)? Te necesito pero no soy capaz de decírtelo porque no tengo la valentía que antaño me acercó a ti cubierto de sonrisas y alegrías que lentamente se fueron borrando cuando las ilusiones morían al descubrir que tu corazón le correspondía a otro; luego me ahogaba en mi mar de tristeza y caía dentro del pozo de la soledad sin la intención de detenerme y procurando que nadie viniera a salvarme.
   No soy capaz de abrazarte porque sé que tendría que luchar contra la necesidad de sentir tu calor hasta el fin de los días.
...HOY ES EL ÚLTIMO DÍA...
   Hoy me encuentro sentado al monitor con un papel a mi lado en el cual garabateo tu nombre con mis lágrimas, buscando palabras que puedan describir con precisión lo que recorre mis venas cuando te pienso, cuando te siento, cuando te recuerdo, cuando la nada es el todo y el resto eres tú: mi todo. 
   Hoy, por volver a verte lo daría todo, porque si no estás aquí ya nada tiene sentido. Quiero que todo desaparezca para traerte a mi lado, que valga más de lo que puedo pagar. Quiero que todo se borre y solo quedemos los dos amándonos hasta el fin de los tiempos.
...EN EL QUE LA AMISTAD CUESTIONA MIS ACCIONES...
   Mis amigos deben entender que no hay otra mujer, ellos deben comprender que mi encierro me libera de las cadenas de la libertad porque la libertad sin ti es solo es un sueño de los que duermen sin soñar, despiertan sin imaginar y viven sin fantasías. Ellos deben comprender que mi cárcel es tu ausencia, tu silencio y tu partida hacia otros brazos. Ellos, mis amigos, no saben que vivir sin un amor es como si el corazón no tuviera una razón para latir. Ellos no comprenden que, cuando no estás aquí, eres tú la que me ayuda a continuar hablándome desde el interior de mi mente sin reacciones.
...PORQUE JAMÁS LOGRARÁN CAMBIAR MIS RAZONES PARA CONTINUAR....
   Es posible que hoy no esté bien. Es probable que algún día quiera continuar sin ti a mi lado aunque ahora lo dudo, pero de algo estoy seguro: jamás dejaré de amarte, aunque tenga al mundo en mi contra y yo sea mi peor enemigo.
...AUNQUE YA NO ENCUENTRE EL CAMINO PARA RETORNAR A MI HOGAR.
   Al final sé que puedo vencer.



miércoles, 20 de junio de 2012

El fin de los tiempos (Capítulo X)


   Antes de comenzar digo que este es el último capítulo que escribo. Debido al poco tiempo que le he dedicado decidí darle un punto y aparte para dedicarme más a otras cosas y, aunque no sean muchos los que me lean, lo termino por un lado por ellos y por el otro por mí: debo demostrarme que soy capaz de terminar lo que comienzo. Nunca se sabe lo que puede pasar más adelante, al final del capítulo verán a qué me refiero. Espero no haberle errado mucho con este capítulo, es que me alejé demasiado de la línea argumental que tenía en mi cabeza...
   Gracias a los que me leen, es lo que me ha dado ganas de seguir un poco más, pero estas últimas semanas estuve metido en otras cosas, la facultad por ejemplo y el trabajo, así que vamos a parar un poco de cosas grandes. Todavía me sorprendo de lo lejos que llegué y del largo camino que todavía me queda aunque termine leyéndolo solo me pica la curiosidad de saber cuán lejos soy capaz de llegar.Pero eso lo dejo para otro momento, cuando sepa fraccionar el tiempo.
   Veamos entonces cómo termina esto, lo más extenso que llevo escribiendo...


X. LA PUERTA

1
    Raúl se bajó de la camioneta; luego de verlos a los dos tan ardientes sintió fuertes ganas de meterles una bala en la cabeza a cada uno. Al fin y al cabo aún quedaría una para Estrella. Así que desenfundó su arma y les apuntó a la cabeza.
    —¡Manga de traidores, nos dejaron ahí condenados a morir! Huyeron como unos cobardes luego de todo lo que les dimos.
    Armando se apartó de Aylén y dio un par de pasos atrás.
    —Raúl, perdón. Es que no sé qué me pasó. Tuve miedo y necesité escapar, no sé, es lo que sentí. Era lo único que podía hacer. Y sé que estuve mal pero necesitaba vivir. Quiero vivir. Solo podía escapar.
    —Y porque escapaste Clara está muerta. Y porque vos, Aylén, la desmayaste y no tuvo oportunidad de reaccionar a los ataques de ellos, no supo nada hasta que fue demasiado tarde.
    Se oía de fondo el sonido del patrullero y de los «controlados» acercándose al bosque.
    —Raúl, no tenemos tiempo. Debemos huir.
    —¿Cómo pretendés huir de ellos?
    —Con la llave que tenés —dijo Aylén—. Con ella podés abrir la puerta que Nicolás abrió naturalmente. Esa puerta. ―Señaló el cilindro―. Vi el símbolo, así me cerró todo.
    —Es cierto pero solo puede ir una persona. Y es obvio que seré yo.
    Raúl se acercó aún más a ellos.
    —Váyanse, no quiero volver a verlos. Iré por Nicolás y lo llevaré a un lugar seguro, alejado de estos invasores. Y de ustedes.
    —Pero, Raúl, no entendés —dijo Aylén—. Lo hice para proteger a Nicolás.
    —Lo sé, por eso te estoy dando la oportunidad de irte.
    —Quiero ir con vos.
    —No se puede. Debo hacerlo solo. Donde sea que esto me lleve, no hay lugar para dos. Debo encontrar a Nicolás y cuidarlo ahora que su madre está muerta.
    Aylén miró hacia el exterior del bosque. ¿Por qué no entraban hasta allí?
    —Creo que no pueden acercarse. Debe ser la energía de esta cosa —comentó Aylén.
    —Me parece que el sitio está protegido por un campo de fuerza que no los deja atravesarlo. Cuando entraba al bosque vi como si el aire estuviera viciado, creo que esa es la fuerza que los retiene ―dijo Armando mientras pensaba en su teoría, parecía lógico aunque no tenía sentido que hubiera algo allí capaz de retener a esas cosas.
     Raúl recordó lo que había dicho Estrella a uno de sus súbditos: el poder de ellos allí era casi nulo. No podían acercarse más.

   Estrella se sorprendió al descubrir que no podían atravesar ese campo de fuerza. Lo que sea que hubiese allí era demasiado poderoso y no los dejaba entrar al bosque. Lo mejor era destruir la zona, pero no lo podían hacer hasta estar segura de que Nicolás estuviera encerrado.
     Gritó de rabia el nombre de Aylén.

    Aylén se sobresaltó al oír su nombre, era Estrella.
    —Creo que tenés una enemiga —comentó Raúl, y se acercó al cilindro.
    —Nos quedaremos acá —dijo Aylén—. Este lugar es seguro.
    Raúl asintió. Lo dudaba, pero no necesitaba decírselo a ella, ya lo sabía.
    Armando lo miró y luego agachó su cabeza.
    —¿Qué pasó con Juan? —logró preguntar débilmente.
    —Se lo llevaron. No sé adónde, pero ahora es parte de ellos. Es lo que hacen: les lavan la cabeza y se vuelven soldados de la extinción. No se merecía ese final.
    Raúl se sacó la llave de su cuello y la acercó al símbolo grabado en el cilindro. La llave comenzó a brillar, primero débilmente y luego con intensidad. Era tan fuerte que todo se volvió blanco por un momento.
    Aylén notó que la luz era la misma con la intensidad y duración que la que había provocado Nicolás. Donde fuera que llevase esa puerta no deseaba saberlo. Los ojos de Raúl les había dicho que tal vez no volvería allí.
    Raúl desapareció entre el brillo ahora más intenso de la luz. Cuando la noche volvió a la normalidad todo parecía haberse acabado.
    Armando estaba mirando anonadado hacia el cilindro cuando su cabeza estalló en decenas de pequeños trozos. Aylén se arrojó al suelo mientras gritaba de terror. No podían entrar al bosque pero eso tampoco les privaba de utilizar rifles hechos por humanos, ya que no serían afectados por el campo de fuerza.
    —¿Qué se siente, Aylén? —preguntó Estrella, desde algún lejano lugar fuera del bosque—. ¿Qué se siente saber que todos los que te rodean están cayendo uno a uno? Nunca debiste interferir en nuestros planes. El final de ellos habría sido otro pero no, tuviste que meterte en asuntos que no te correspondían.
    Aylén respiraba agitada, cansada. Se echó a llorar. Ya no tenía fuerzas. Allí estaba segura pero por cuánto tiempo. Pronto encontrarían la manera de destruir la puerta desde afuera. Pronto sabrían que Nicolás no estaba allí y se resignarían a acabar con todo. Si no lo podían tener ellos no lo tendría nadie. Así se manejaba el mundo y dudaba mucho que eso hubiera cambiado. A los invasores no les importaba destruir lo que fuera.
    Miró el cuerpo tendido de Armando, él tampoco se merecía morir así. Ninguno se merecía morir. Tenía una vida por delante y murió sin enterarse. Sus pensamientos fueron interrumpidos para siempre. Todo estaba condenado a acabarse de esa manera, casi sin darse cuenta.

miércoles, 23 de mayo de 2012

El fin de los tiempo (Capítulo IX)


IX. LA LUZ

1
   —¿Puedo ir a jugar al bosque? —le preguntó a su abuelo.
   Este lo observó unos momentos mientras se perdía en sus pensamientos. Se llevó las manos cerca del pecho y extrajo su llave. Relucía como siempre, parecía que a ese metal el tiempo no le afectaba en lo más mínimo. Miró a su nieto y negó con un gesto de cabeza.
   —No quiero que te alejes de casa. Te podés perder y el lugar es demasiado grande para buscarte y además ya es bastante tarde; está anocheciendo.
   El nieto asintió, un poco frustrado. El bosque le llamaba la atención. Siempre sentía la necesidad de acercarse allí. No era gran cosa, a decir verdad, era solo un conjunto de plantas y árboles, siempre verdes sin otoños, como si el tiempo allí no existiera más que en los sueños de las almas perdidas en el olvido.
   Su mente se expandía cuando miraba para allí, veía ese pequeño destello que a veces se emitía de algún lugar del bosque, el mismo destello que veía en la llave que su abuelo llevaba colgada del cuello. Ese pequeño y misterioso objeto a sus ojos.
   Ya tenía edad suficiente para cuidarse solo. De eso no había dudas, así que decidió salir por la noche a buscar algo que no sabía qué era hasta que lo viera. Miró el bosque y volvió a ver ese destello de luz que tanto lo llamaba y que a veces le generaba una sensación de paz. Caminó por la casa con cautela, no quería despertar a su abuelo. Cruzó la puerta y sintió el frío viento de la madrugada. Los grillos no paraban de cantar y la luna se encontraba en su punto más alto en el firmamento. Las hojas se arrastraban por el suelo llevadas por un murmullo infinito de palabras ininteligibles. Él no tenía miedo, no había nada a qué temerle. No con aquella luz cuidándolo, o al menos eso pensaba.
   Caminó sin detenerse a pensar en qué hacía y en lo enojado que se pondría su abuelo si lo descubría. Pero él, Raúl, necesitaba saber qué emitía esa luz en su curiosa cabeza.
   Se detuvo cuando estuvo a pocos metros de la entrada al bosque. Miró arriba y vio alrededor de las copas cómo se deformaba el cielo, era como mirar a través del agua, era como si hubiera algo en el aire que no permitiera el correcto trayecto de la luz de las estrellas. Un resplandor intenso lo sacó de su ensimismamiento y se adentró en el bosque de sus misterios.
   Se preguntó cómo era posible que su abuelo nunca viera esa luz salir de allí. Él hacía días que la había divisado. Y desde entonces notó que esta aumentaba en intensidad con el paso del tiempo.
   Caminó esquivando ramas muertas y rogando no cruzarse con ningún animal salvaje. Se detuvo cuando vio un objeto oscuro, de un metro de alto y cilíndrico. Raúl se acercó y lo tocó suavemente, con miedo. Otro destello de luz lo expulsó hacia atrás y su mente se puso en blanco. Vio por un breve instante un símbolo que reconocía muy bien: era el mismo que había en la llave plateada de su abuelo. Él sabía sobre la luz, sobre el objeto extraño en el bosque; pero Raúl lo olvidaría porque los recuerdos y el tiempo no existen donde estos convergen a su final. Era el único modo que tenía la luz de protegerse a sí misma. Todo dependía del momento y la intensidad de esta para afectar los recuerdos. Era como si ella tuviera vida propia y al mismo tiempo necesitase de la vida de otros para subsistir.
   El fin de los tiempos es el comienzo de los recuerdos, el inicio de la vida y el olvido de los dolores.
   El fin de los tiempos era la llave hacia las esperanzas perdidas en el caos que la atmósfera no era capaz de esconder.

   Raúl abrió sus ojos. Estaba en su cama, tapado con las sábanas y calentito, como si no hubiera salido de ella en toda la noche. Su abuelo se encontraba apoyado en el umbral de la puerta de la habitación.
   —¿Qué pasó, abuelo?
   —Nada —respondió este. Cerró la puerta y se oyeron los pasos de sus zapatos.
   Raúl oía un zumbido leve en su cabeza. Esta le dolía un poco. No recordaba qué había hecho durante la noche. Era como si sus recuerdos hubiesen sido borrados. Cerró sus ojos y procuró dormir. Se dijo a sí mismo que era mejor vivir con los ojos cerrados a ver lo que en verdad lo rodeaba, nos rodea: lo que nos hace vivir y morir sin causa alguna.

sábado, 12 de mayo de 2012

El fin de los tiempos (Capítulo VIII)


VIII. PERDIDOS

1
   Juan buscaba por la parte de atrás de la casa. Clara entró al galpón que había al lado. Allí se resguardaban un tractor y varias herramientas que solo en el campo se podían llegar a utilizar. Gritó el nombre de su hijo pero no obtuvo respuestas. Lloraba, cómo había dejado que se le escapase de las manos. Sabía lo importante que era para ella y, aun así, lo había dejado solo. Escuchó un disparo proveniente de la casa. Comenzó a correr hacia allí, rogando que su hijo no estuviera en el lugar de donde había ocurrido el disparo, asustada.
   En la puerta de entrada se encontró a Juan y ambos entraron luego de cruzar miradas sin decirse nada.
   Llegaron hasta la habitación donde habían dejado a Gabriel desmayado y oyeron sollozos al otro lado de la puerta, eran de Aylén. Juan tomó el picaporte y empujó. No abría, estaba trabada.
   ―¡Abran la puerta! ¡Aylén, Gabriel! ¿Qué pasa?
   Clara estaba aterrorizada. Juan le pidió que se echara hacia atrás y pateó la puerta. Se resistía a los golpes. Intentó un par de veces más y esta finalmente se abrió.
   Se encontraron con Aylén llorando sobre la cama y el cuerpo desangrándose de Gabriel a varios metros de esta en el suelo.
   ―¿Qué pasó, Aylén? ―le preguntó Juan mientras se acercaba a ella y la tomaba por los hombros, asustado por todo lo que sucedía en tan poco tiempo.
   ―¿Lo mató? ―preguntó Clara mientras se acercaba al cuerpo del muchacho.
   Juan dejó a Aylén en la cama y miró a todos lados. Vio el arma del asesinato a varios metros de él, la agarró con las manos temblorosas y se la guardó. Le tomó el pulso a Gabriel y confirmó la muerte.
   ―¿Por qué, Aylén? ―le preguntó Juan―. ¿Acaso intentó hacerte daño?
   ―Nos iba a hacer daño a todos, pero sobre todo a Nicolás. Debemos protegerlo como sea.
   Clara se sobresaltó al oír el nombre de su hijo.
   ―¿Qué tiene que ver mi hijo en todo esto? ―Se arrojó sobre la chica y la zarandeó con fuerza―. ¿Por qué debemos protegerlo? ¿Qué sabés de él?
   ―Sé todo sobre él. Sé que Gabriel era el as bajo la manga de los invasores para descubrir el gran poder que se emana en el grupo. Sé que Nicolás ya te ha demostrado el poder anoche y sé que si descubrieran que él es la fuente de gran energía estaríamos en grandes problemas.
   Juan no entendía nada. Alternaba su mirada entre las dos mujeres. Clara parecía saber de qué hablaba cuando mencionaba a su hijo. ¿A qué se referiría Aylén cuando hablaba de la fuente de energía?
   Juan le pidió a Aylén que se sentara en el comedor. Le pidió disculpas y sacó una cuerda para atarla a la silla.
   ―¡Déjenme salir, yo los estoy ayudando! ―gritó ella.
   ―Mataste a una persona. Debemos tomar precauciones. Ahora necesitamos encontrar a Nicolás antes de que anochezca. Después tendremos tiempo de aclarar lo ocurrido, mientras tanto te pido que no intentes escapar ―dijo Juan mientras Clara lo esperaba en la puerta.
   ―Lo lamento, Juan. Vi en tu interior. La amabas, no fue tu culpa.
   ―¿Qué? ―Juan se acercó a ella.
   ―A Estela, su muerte no fue por tu culpa. ―Ella sonrió―. Te dije que hay cosas que sé. Es una puta maldición. Y sé que sos una buena persona y me vas a dejar salir.
   ―¿Cómo sabés lo de Estela? Nadie de los que están aquí lo saben. ¿Quién sos? ¿Sos una de ellos, una invasor?
   ―No, soy una persona con un alma activa, como el hijo de ella ―señaló a Clara― pero menos poderoso.
   Clara lo miró. Asintió con cierto aire dubitativo.
   ―Dice la verdad. Yo vi con mis propios ojos cómo Nicolás hacía volar un camioncito de juguete por el aire.
   ―Y tampoco olvides lo del incidente del cd de Mägo de Oz ―agregó Aylén.
   ―¿Por qué no me lo dijiste, Clara?
   ―Porque temo por mi hijo. No quiero que le hagan nada.
   ―Está bien, ya habrá tiempo de hablar, vamos a buscarlo.
   Aylén los miró a ambos. Sí, ahí había mucho fuego. Y él lo sospechaba. Él la amaba y no la dejaría sola un instante. Ahora sabía los secretos de Juan, ahora podía ver con los ojos cerrados.
   Y no la sorprendía el hecho de que fuese también uno de ellos. Todos guardaban un poco de energía para llegar al final del camino. En especial, Juan. Sus llamas son muy intensas y teme por ello.

domingo, 22 de abril de 2012

El fin de los tiempos (Capítulo VII)

VII. AROMA A MUERTE

1
   Juan no podía creer lo que Raúl le había dicho unos segundos antes.
   ―¿Cómo que ya sabías que iban a venir esos invasores?
   ―Es una larga historia.
   ―Contame.
   ―No puedo, aún no estoy preparado. Es difícil hacerlo.
   ―Contame, ¡mierda! ―exclamó Juan mientras lo tomaba por los hombros y lo agitaba con violencia.
   ―Soltame, Juan ―le ordenó Raúl.
   ―Nos estuviste ocultando cosas. Nosotros confiamos en vos pero vos no lo hacés con nosotros. ¿Por qué no nos contaste nada? ¿Por qué nos ocultás información?
   ―Porque es difícil hacerlo cuando no sabemos dónde puede haber un infiltrado. No es fácil para mí desconfiar de quienes quiero proteger. Esto va más allá de lo que podemos comprender. Ni yo logro entender del todo lo que sucede aquí.
   ―Todo este tiempo que nos hablaste sobre tus teorías nos mentiste. Ellos saben que tenemos armas para defendernos, ¿verdad?
   ―Sí. Ellos nos estudiaron por mucho tiempo antes de conquistarnos o invadirnos, como más te guste definirlo. Creo que desde mucho antes de lo que soy capaz de imaginar.
   ―Decime cómo mierda sabés todo esto, Raúl. ¿Y por qué nos juntaste a todos en este grupo?
   Raúl sonrió. Lo miró a los ojos y le dijo:
   ―Porque ustedes son las armas que necesito para vencerlos.
   Juan se alejó de él. No le creía. Raúl los había engañado a todos.
   ―Sos una mierda, todo esto es una mentira.
   ―Nada es una mentira. Me cuesta ordenar mis pensamientos ya que fui afectado por ellos pero lo veo en todos ustedes: son especiales.
   ―Estás loco, ¿lo sabías?
   ―Es probable, de eso no estoy seguro.
   Juan le dio la espalda y se retiró dejando a Raúl solo cerca de la tumba de su abuelo. No dijo nada más. No quería oír ninguna otra palabra.
   Raúl lo observó alejarse a su amigo, veía cómo la distancia entre ellos convergía hacia el infinito cual desconfianza rompe las esperanzas de una amistad eterna. Necesitaba desahogarse pero no se esperaba esa reacción, ahora debía pensar con calma. El repentino descubrimiento del cuerpo de su abuelo muerto lo había afectado bastante y no podía dejarse llevar por sus emociones.
   Juan no había sido capaz de comprenderlo un solo instante. La rabia se apoderó de él. Cerró sus puños con fuerza y comenzó a caminar hacia su camioneta intentando expulsar esos sentimientos que se apoderaban de su ser.
   Miró por un momento hacia el bosque, lugar de misterios de su infancia. Extrañaba a su abuelo, lo necesitaba más que nunca. Y poco recordaba de él, a veces había un vacío en su mente que le era incapaz de llenar, ni siquiera con mentiras.

jueves, 12 de abril de 2012

El fin de los tiempos (Capítulo VI)

VI. DECISIONES

1
   ―Bien, está todo en orden. Ya estamos listos para salir ―dijo Raúl mientras se limpiaba la grasa de sus manos y se acercaba al 206 negro que Juan estaba encendiendo―. Podemos llamar al resto para ver cómo nos vamos a acomodar en los coches.
   Juan asintió con un gesto de cabeza. Luego, volteó su mirada hacia donde esperaban Clara con su hijo. Gabriel estaba cerca de ellos y sintió un ramalazo de celos recorrerle sus venas. Debía tranquilizarse, ya había pasado esa época de su vida en la que esos sentimientos hicieran estragos en su ser; ahora era un hombre adulto, aunque anhelaba volver a ser joven una vez más (al menos a tener veintitrés años).
   Gabriel se acercó aún más a Clara y la tomó de las manos. Juan no pudo resistir ante el poder de sus sentimientos. Apretó con fuerza el volante y miró hacia otro lado: vio cómo Raúl se iba donde se hallaba su camioneta. Sintió un gran calor bajo las palmas de sus manos y se las miró. Salía humo de entre sus palmas y el volante. Las sacó de allí de repente producto de los reflejos, asustado. No había fuego, el humo desaparecía ante sus ojos en forma de una débil columna de danzante con olor a plástico quemado.
   ―¿Qué mierda fue esto? ―se preguntó en un leve susurro.
   Luego, encendió el coche y procuró calmarse. Gabriel no podría hacer nada ante ella, pero ¿y si podía? ¿Y si le quitaba a Clara a quien apenas conocía? No sabía la respuesta, o no quería saberla.

viernes, 6 de abril de 2012

El fin de los tiempos (Capítulo V)

V. AMOR

1
   Aylén despertó y notó que ya casi no había nadie en la habitación número 19. Por la ventana entraba la luz de un nuevo día, lunes doce de marzo. Se levantó de su improvisada cama, hecha con un colchón muy cómodo y unas sábanas blancas, y miró a los lados. Armando seguía durmiendo. El resto del grupo ya no estaba allí.
   Se estiró y se preparó para salir del cuarto cuando el Universitario le habló.
   ―Ayer sentí algo cuando me tocaste ―dijo semidormido.
   Aylén se dirigió a él. Se sentó a su lado mientras el muchacho se levantaba de su cama. Él había notado su energía.
   ―No me di cuenta enseguida pero después lo pensé cuando me hubo atrapado la tranquilidad antes de dormirme. Es raro, fue como una corriente que fluyó por mis venas hasta llegar a mi cabeza. No sé, cuando te vi tuve una sensación en la panza pero eso fue diferente. Cuando me tocaste fue algo intenso y poderoso.
   ―Puede ser que sí como que no.
   Armando se acercó aún más a ella y la tomó de las manos.
   ―Ahora no siento nada. Salvo amor; me gustás, es como si el destino te hubiera puesto aquí para encontrarme.
   Él no podía creer que lo estuviera diciendo cuando antes del cambio nunca había sido capaz de siquiera encarar a una mina sin sufrir consecuencias en su cuerpo (entre ellas la diárrea).
   ―Armando, todavía estás dormido. No digas pavadas.
   ―No son pavadas. Me encantás y no puedo evitarlo.
   ―¿Cómo te puedo enamorar si todavía ni me conocés?
   ―A eso voy, ayer cuando me tocaste sentí que te conocía desde hace mucho, ya de entrada me habías atrapado pero después de eso es como si mi mundo hubiese cambiado.
   Aylén lo miró y le sonrió. Armando era bastante bueno y podía confiar en él, pero tenía miedo. Necesitaba pensar bien qué iba a hacer. Solo lo conocía al Universitario y sabía el secreto de Gabriel, ese que ni siquiera su dueño conocía.
   ―Vamos con los demás ―propuso Aylén al ver que Armando no dejaba de mirarla. No quería lastimarlo. Todas son iguales.
   ―Dale.
   Salieron de la habitación diecinueve y fueron a la sala donde estaba el resto del grupo.

martes, 27 de marzo de 2012

El fin de los tiempos (Capítulo IV)

IV. RECUERDOS OLVIDADOS

1
   ―Creo que te está haciendo mal tu idea de salvar al mundo, Raúl ―dijo Juan a este.
   Los dos hombres estaban reunidos en una habitación, a solas, para hablar de algunas cuestiones personales.
   ―No podía arriesgarme a dejarla en la calle, los invasores están al acecho.
   ―Después de lo que le sucedió a Gabriel cuando lo encontraste no podemos confiar en nadie.
   ―Bueno, aun así ella está aquí vigilada. Vamos a cuestionarla y a buscarle algún punto débil, si es que existe tal cosa. Los necesito salvar, así debe ser, Juan, y no voy a dejar morir a nadie aquí.
   Juan negó con la cabeza. No le gustaba la idea de que Raúl trajeran al primero que se encontrara en la calle. El mundo ya no era como antes, y debía proteger al niño y su madre, la mujer de la que estaba enamorándose. Por ella, los llevaría a algún lugar seguro, aunque fuese lo último que hiciera.
   ―Raúl, lo único que te pido es que nunca bajes la guardia. Todos los que estamos aquí confiamos en vos. No te dejes cegar por el liderazgo y por la necesidad de salvar al mundo, a veces deberemos sacrificarnos para continuar. A veces no debemos mirar al costado y no detenernos a ayudar; este nuevo mundo nos lo exige.
   Raúl asintió con un gesto de cabeza.

   Armando estaba al lado de Aylén, la chica miraba a su alrededor, parecía asustada pero atenta a todos los detalles. Tenía diecisiete años y estaba sin su familia. El universitario comenzó a sentir una sensación en el estómago que le gustó muy poco. Se llama amor a esa sensación y es peligrosa, demasiado.
   ―¿Estás bien, Aylén? ―le preguntó luego de un prolongado silencio gobernados por miradas vacías y esquivas.
   Gabriel estaba recostado en un sillón, en el punto más alejado de la sala de recepción, cerca de Clara y su hijo. No podía apartarle la mirada al niño, este estaba jugando con un camión de juguete.
   ―Sí ―respondió Aylén―. Es que no puedo creer que todo el mundo haya desaparecido así como si nada. Y luego de una semana sola me los encuentro a ustedes, con armas y con historias de todas esas cosas peligrosas merodeando por las calles.
   ―Necesitamos protegernos de los invasores.
   ―De los que me hablaron durante el viaje. ¿Cómo es posible que no haya visto a ninguno de esos donde vivo?
   ―No lo sé ―confesó el universitario.
   Ella le tomó la mano derecha con las suyas y se la presionó. Por un instante pareció desaparecer de su cuerpo, ausente, luego volvió a hablarle a Armando. Ahora entendía un poco más, nada es casual, nunca lo había sido. Juegos del destino.
   ―Tengo miedo ―le dijo, y le soltó la mano.
   Armando la abrazó, sabía que eso no estaba bien pero qué le iba a hacer; el mundo ya no era como antes.

   Gabriel tenía hambre. Mucho hambre. Miraba fijamente al niño jugando con un camioncito en el suelo de la recepción. En algún lugar de ese hotel estaban hablando Raúl con Juan, seguramente decidiendo qué hacer con la muchacha que encontraron en la calle. Le dirigió una mirada a ella, no parecía ser parte de esos extraterrestres pero tampoco se quería confiar de ello, Natalia había sido un remedio para curarlo del espanto. Intentó recordar nuevamente algo de su pasado pero los recuerdos eran cada vez más confusos. Comenzó a preocuparse.
   Clara lo observaba a su hijo jugar, parecía estar a punto de llorar.
   ―No quiero este mundo para mi hijo.
   Gabriel volvió en sí luego de viajar entre recuerdos olvidados. Malditos extraterrestres, ya nada era igual.
   ―Lo sé, creo que nadie lo quiere.
   Gabriel vio cómo los otros dos muchachos se abrazaban y sintió deseos de abrazar a Clara también, pero no podía hacerlo. Se odió por ello. Volvió a intentar recordar cómo había sido su vida antes de este acontecimiento pero le costaba volver al pasado. Ya ni a su familia veía en su mente. Creía que sería bueno visitar la casa de sus padres antes de seguir el viaje hacia el campo.
   Se puso de pie y se acercó a la puerta de entrada olvidando a Clara y su hijo por un momento.
   ―¿Qué hacés? ―le preguntó Clara.
   ―Pienso, solo eso.
   Raúl se asomó por una puerta cerca del ascensor y les informó que era hora de cenar.

martes, 20 de marzo de 2012

El fin de los tiempos (Capítulo III)

III. Resistir

1
   Raúl se detuvo frente a un enorme supermercado, Gabriel hizo lo mismo, con cierta curiosidad.
   ―¡Podés salir, Armando! ―gritó al interior.
   Un muchacho se asomó a la puerta, miraba hacia todos lados con suma cautela. Luego lo observó a Raúl y sonrió.
   ―Le presento a Armando Gutiérrez ―le dijo a Gabriel―, nuestro chico universitario.
   Gabriel se acercó al muchacho, este último parecía un poco asustado.
   ―Un gusto, mi nombre es Gabriel Agüero.
   Raúl le relató a Gabriel que se habían acercado al almacén para buscar alimentos cuando vieron acercarse el Peugeot y luego detenerse en medio de la avenida. Raúl se había asomado por curiosidad, no era normal ver movimiento donde no había nadie; luego, había visto toda la escena desde principio a fin. Había visto a la mujer transformarse en uno de los invasores.
   ―Es increíble, ahora sabemos que se parecen a nosotros ―dijo mientras ingresaba al supermercado.
   ―Eso es algo muy malo ―observó el chico universitario.
   Raúl asintió. Su rifle colgaba del hombro derecho. Llevaba en el cinturón un revólver plateado, calibre 38. Él estaba preparado para cualquier cosa. Gabriel pensaba en lo cerca que había estado de la muerte, sintió un escalofrío. Luego lo miró a Armando.
   ―¿Estás asustado? ―le preguntó al universitario.
   ―Sí.
   ―Yo también.