VII. SOLO UN SUEÑO
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Marcos abrió el sobre con las cartas y le dio una a Agustina. Él se quedaba con la otra. Sentía como si experimentara un Déjà Vu, solo que Laura no estaba allí recibiendo una de las cartas, su amiga ocupaba su lugar.
—Bien, no podemos hacer otra cosa más que esperar —dijo Marcos—. Ojalá tengamos tanta suerte o un poco mejor que cuando estuvimos arriba.
Alejandro y Agustina asintieron.
El sol se había movido unos grados en el cielo en una trayectoria inalterable. Alrededor del hospital se detectaba poco movimiento a esa hora de la mañana. Era como si los accidentes esperaran las horas picos para salir a las calles y causar estragos a los casuales (causales) afectados. En el horizonte se divisaba unos nubarrones negros que anunciaban una potencial tormenta.
—¿Puedo sentarme a esperar a que llegue La Fiera? —preguntó Alejandro.
—Sí, nadie te lo niega, Ale —contestó Marcos. Por alguna razón no se sentía del todo conforme con el avance de los sucesos. Sentía que era él quien debía estar al lado de Laura y no Renso, una vez más se sentía como una marioneta del destino, como si no actuara del todo como lo indicaba su propia voluntad.
Cuando Alejandro se acomodaba en un bloque de cemento frente al hospital y se sentaba, llegaba Cielo con un acompañante. Marcos vio que era Ezequiel y su sorpresa casi le provocó un infarto. El desgraciado estaba en libertad.
—¿Qué mierda hacés acá, hijo de puta?
—Vengo a terminar mi trabajo, vecino. Los voy a matar a todos.
Observaron que este llevaba un arma en una de sus manos, la derecha. La levantó y comenzó a disparar.
Marcos se arrojó detrás del bloque que usaba Alejandro de asiento mientras este se dejaba caer de espaldas. Agustina corrió dentro del hospital. Ezequiel disparaba y gritaba. Era obvio que estaba más loco que una cabra. La Fiera levantó sus manos al cielo y las nubes que hacia rato se encontraban cerca del horizonte comenzaron a acercarse más rápido de lo normal entre relámpagos y truenos. Ella sonreía y los miraba ocultos tras el bloque. El viento arreciaba delante del hospital generando un remolino que danzaba con el cabello de La Fiera.
Un guardia del hospital se asomó a la puerta principal y gritó a Ezequiel que dejara de disparar. Este hizo oídos sordos y disparó al interior del nosocomio. Un rayo cayó del cielo hacia el guardia que fue lanzado varios metros debido a la alta energía eléctrica que recorría su cuerpo.
—Hija de puta —dijo Alejandro—. Es más fuerte de lo que imaginábamos.
Marcos solo asintió. No podía creer lo que veían sus ojos. Todo debería ser un maldito sueño o, mejor dicho, una pesadilla.
Si tan solo fuera un sueño.