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domingo, 8 de enero de 2012

Apertura de Medianoche

Los personajes y las situaciones narradas son ficticios. Lenguaje "fuerte".
En ningún momento intento ofender a nadie, si alguna vez alguien vivió algo similar, es pura coincidencia. 


1
    El ruido a cumbia invadía los alrededores del boliche Medianoche. Eran alrededor de las once de la noche y la música sonaba a todo trapo. Los malditos Wachiturros se oían hasta el otro lado de la autopista, seguidos por extrañas mezclas de sonidos que solo los adolescentes entendían, inundaban los sueños de los pocos vecinos de Medianoche, el nuevo boliche de El Pato, una localidad al sur de Berazategui.
    Damián iba en el auto de su hermano José a la apertura del nuevo local pub para gente a la que le gusta emborracharse hasta el amanecer o terminar tirados en una zanja, lo que sucediera primero. Habían pasado poco más de dos años de esa noche en que su tío lo llevó al cabaret para que la pusiera por primera vez en su vida. Pero la noche del debutante no había sido del todo como lo esperaba el hermano de su madre, su amiguito le había jugado una mala pasada. Luego de esa noche su autoestima había bajado hasta rozar el suelo y reventar hormigueros, no quería saber nada sobre verle la cara a dios. Su tío Diego había intentado llevarlo un par de veces más hacia el sexo seguro (no higiénico) pero Damián se rehusaba a entrar de nuevo a uno de esos antros, hasta que su tío al final desistió. Y no pudo ponerla. Terminó el secundario hacía unas semanas atrás, con buenas notas, y se preparaba para comenzar la facultad en la ciudad de La Plata. Enero parecía ser el mes en el que todo su futuro se vería alterado luego de una extraña noche en la que todo sería posible. Esta noche de apertura hacia una nueva vida repleta de emociones absurdas y sin sentidos, como lo es vivir sin un motivo para hacerlo.

sábado, 29 de octubre de 2011

Mariana...

ADVERTENCIA: El siguiente relato contiene un lenguaje sólo apto para mayores de 18 años (me obligaron a colocar advertencias por seguridad).

MARIANA...

1
   ―Yo te digo que no puedo más. Me duelen las rodillas y apenas puedo mantenerme parado ―fue lo primero que dijo Fernando cuando se acomodaba en una silla del bar de Popi y se dirigía a Pepe―. Esa negra me hizo mierda, boludo.
   Pepe lo miraba con cierta sorpresa en su cara, no creía que ese gil se hubiera garchado a Mariana, esa rubia era una fortaleza sexual y este cara de pajero había logrado atravesarla. Pensaba que valdría la pena haberse levantado tan temprano esa mañana. Estaba dispuesto a escucharlo pero no a creerle.
   ―Contame detalles de todo lo que pasó, Fer. Te juro que no puedo creerte ―le confesó Pepe.
   ―Sabía que no me creerías. Por eso lo grabé todo en el celular ―dijo Fer al tiempo que daba palmadas al bolsillo izquierdo de su jean azul.
   ―¿Ella lo sabe? ―preguntó Pepe.
   ―Sí. Pero eso no importa ahora, creo ―respondió Fer.
   ―Mostrame el video, boludo.
   ―Calmate, mi viejo amigo. Pedile una birra a Popi que te voy a contar mi hazaña sexual.
   Pepe le pidió una Quilmes a Popi y dos vasos. Llenó los vasos al tope. Fer le dio un sorbo a la fresca cerveza y se aclaró la garganta. Tenía mucho para contar. Y temía que pudiera perderse algún detalle importante. Pero los recuerdos aún flotaban en su cabeza, excitándolo cada vez que recordaba los momentos agraciados que había vivido la noche anterior. Nunca más se volvería a tocar, bueno, en realidad nunca cumpliría esa promesa. Ningún hombre lo hace ni lo hará jamás.

sábado, 30 de julio de 2011

Una historia llena de nada para contar




—¿Por qué tenés esa cara de boludo, Negro? —le preguntó el Ruso, sentado en un banco de la Plaza Principal.
—No, por nada. Es que..., ¿cómo decírtelo? No sé, hay algo que me está saliendo mal —contestó el Negro.
—Ah, ¿sí? Qué raro. Viniendo de vos, que sos pura ternura y seguridad —acotó el Ruso.
—Ése es el problema. No estoy seguro de lo que estoy haciendo, mis dedos no están seguros. Mi proyecto no me está saliendo para nada bien. Desde hace una semana, todo se me fue al carajo. Malditos sucesos
—¿Qué proyecto? ¿Qué dedos? ¿Qué sucesos?
—De a una pregunta por vez. Un relato es mi proyecto. Hace dos semanas que lo empecé y todavía no pude terminarlo. Y eso que sólo serán dos mil palabras. Y mis dedos son los que escriben mis relatos, ellos son mi vitalidad...
—Ah —lo interrumpió el Ruso, es muy raro, vos no sos así. Jamás dejaste nada sin terminar hasta donde sé. Vení, sentate al lado del Capo y contale qué te anda pasando —dijo el Ruso señalando el banco.
—Si no me interrumpís como recién te cuento todo lo que me pasó. —El Ruso asintió procurando cerrar su boca por un rato. El Negro continuó—: La culpa es del facebook, del puto facebook, y mis dedos, que se dejaron llevar por el poder del gigante de internet —comenzó recordando el Negro.


Era complicado resistir dos días sin conexión a internet pero no había otra posibilidad. Debía sacrificar ese lujo para terminar todas las tareas pendientes que estaban al borde del límite temporal. Llevaba una semana de vacaciones y aún no se había puesto las pilas para terminar todo lo que había comenzado. Pero no pudo resistir la restricción. A las dos horas desde que hubo desconectado su notebook de internet volvió para revisar el facebook. El Negro quería saber qué estaba haciendo ella. Ella, que siempre relataba el minuto a minuto de su vida en el facebook como si fuese el Gran Hermano, estaba a cien kilómetros de distancia de él. ¿Y para qué mierda crearon la internet? Creo que para mantenernos comunicados.
—Bueno, en realidad, eso era cosa de los telégrafos —dijo el Negro a la habitación vacía.
Abrió el navegador de Google, que ya estaba configurado para que inicie en facebook.com, y miró por quince minutos el muro de su facebook. Todos estaban metidos con el juego ése que nadie quería jugar pero que terminaban haciéndolo, atrapados por sus redes de la curiosidad, el CityVille. El Negro también jugaba al CityVille pero en ese momento no era su prioridad. ¡Opa! Una publicación de ella. Notó que había cambiado su foto de perfil, en ésta parecía más gato (en su lenguaje vulgar). Cliqueó sobre su nombre y vio la imagen de perfil con mayor detalle. ¡Por Dios! La imagen estaba tomada desde un ángulo superior, sobre ella, llevaba mucho escote y el Negro sintió un leve hormigueo en la entrepierna cuando vio que tenía las tetas casi al aire, al borde de los pezones. “¿Y de esa mina trola estoy enamorado yo? Y la puta madre que me parió”, pensó azorado. No había salida, ahora estaba atrapado por las garras del gato de facebook.
—Y pensar que una vez publiqué un relato en su honor en el Blog de Los Escritores del Fracaso. Toda loca resultó ser esta mina. —Negó con la cabeza. Estaba bastante enamorado (o caliente, tal vez) para saber cuál sería su siguiente paso, si había un siguiente paso en un proyecto que no tenía ni pies ni cabeza.
Nadie se da cuenta del tiempo que transcurre cuando está conectado a la internet. Y mucho menos se dan cuenta del tiempo que se pasan haciendo absolutamente nada en el facebook, que es mucho más que el tiempo que están en el resto de la internet. Y pensar que entra más gente a las redes sociales que a las páginas pornos, qué mala leche. Cómo se caga nuestra nueva generación. Ya ni libros se podrán leer (o sentir, mejor dicho) con esto de los e-books.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Una historia extraña (Parte 3 de 3)

   He aquí la última parte de la historia. Sin preámbulos, se las dejo sin anestesia ;) ...
   El pie lleno de polvo no es mío...






10
   Amy se levantó de su silla y se dirigió a la habitación de los padres de Diego, donde este se encontraba buscando ropa. Le observé el culo mientras recorría el camino hacia la habitación. Una morocha mortal.
   El ambiente se distorsionaba. Se degeneraba, lo notaba muy poderoso. Parecía el ambiente de una película porno. Parecía que el aire de la película también hubiera pasado a nuestro mundo, ahora totalmente. No me importaba. Me sentía un semental con enormes ganas de echarme un polvo. Además, notaba mi pene más pesado, lo notaba de mayor tamaño. Llevé mi mano derecha a mi amigo y pude comprobarlo, estaba más grandecito pero no sabía cuánto hasta que lo viera.
   La rubia se levantó y se acercó a mí.
   Claudio observaba junto a Enzo las escenas que se sucedían a su alrededor. Vi el miedo de Alejandro cuando Tom se acercaba a él. Lo lamenté mucho por él. Pero yo estaba más preocupado por la rubiecita. Luego supe que el miedo de Alejandro era porque se estaba por destapar una verdad perfectamente oculta.
   -Vamos -me dijo la rubia mientras me señalaba una puerta, la que daba a la habitación de Diego y Claudio. Volví a sentir las manos invisibles empujándome a ella.
   -Sí -le dije a la rubia y me levanté de la silla. Tuve el tiempo suficiente para observar a Tom abrazar a Alejandro y besarlo en la mejilla, no se resistió demasiado, Enzo y Claudio miraban anonadados las escenas, con la boca abierta y en pleno silencio. El aire viciado tal vez los había transportado a otro universo o algo por el estilo. Eran simples espectadores de una película que se proyectaba a su alrededor, en la realidad.
   -Debemos llamar a la policía -propuso Enzo, por lo que pude oír, mientras iba derecho a la habitación con la rubia llevándome de la mano.
   Creo que Claudio dijo algo, tal vez rechazó la idea, pero Enzo igual se acercó al teléfono.
   No importaba mucho, Enzo había olvidado que la línea del teléfono estaba muerta. Nadie acudiría a menos que ellos fueran en su busca. Y les tomaría un buen rato, la lluvia había hecho desastre afuera y la comisaría se hallaba a tres kilómetros de la casa de los Sánchez. Además, los Sánchez Papás volverían por la noche, aun faltaban más de nueve o diez horas para eso. El tiempo avanzaba lento durante el suceso.
   Entramos en la habitación y la rubia cerró la puerta…
   y fui feliz.

11
   Fue espectacular. La rubia solo me dijo que se llamaba Kate (ella no quería desperdiciar el tiempo; y yo tampoco) y me empujó sobre la cama de Diego, me bajó rápidamente el pantalón y me quitó el calzoncillo. Mi pene era enorme (más de lo que había imaginado cuando me lo toqué para comprobar el milagroso hecho), era como quince centímetros más grande, ahora medía veinte centímetros. No me sorprendí por este detalle porque mi persona ya era parte de los mundos mezclados.
   Kate se desvistió: desnuda era mortalmente sensual, sus senos perfectos y su vagina, delicadamente afeitada. Tenía unos labios tan gruesos que podrían dar besos mojados a todo mi rostro (me refiero a los labios de su boca).
   Se arrojó sobre mi cuerpo desnudo  y comenzó a realizar un vertiginoso movimiento de caderas que me hacía doler el pene y los huevos. Se movía más rápido que las caderas de Shakira en uno de sus videos. Y gritaba. Gritaba muy fuerte. Yo lo único que sentía era  que mi pene ardía de placer. El turro estaba tan caliente como el hierro fundido. Ella subía y bajaba, dándole a sus enormes senos unos movimientos grotescos pero que me encantaba observar. Quería levantarme un poco y lamérselos todo. Pero ella no me dejaba, con sus cálidas manos empujaba mi pecho sobre la cama y gritaba.
   ¡Oh, cómo me encantó ese momento!
   Me hizo acabar. Sonreí. Nunca olvidaría ese momento. Nunca la olvidé. Nunca la olvidaré.
   Fueron los mejores tres minutos de mi vida. 

12
   Dejé pasar un rato, ella se recostó a mi lado derecho, apoyando sus senos en mi brazo. Por primera vez sentí ganas de fumarme un cigarrillo, y nunca había fumado un pucho en mi vida. Es más, los aborrecía. Pero lo necesitaba. Miré a la pared que había enfrente a la cama y vi algo, tenue, fantasmal: vi a unos hombres (excitados de emoción) con cámaras encima y apuntando hacia nosotros. Y también se podía ver a través de ellos. Eran fantasmas, y me pedían más. Pedían más acción.
   Entonces, debía ofrecerles más. Tomé a la rubia, a Kate, y le dije que me diera la espalda. Luego, comencé a darle por el culo. Fue lo mejor que jamás había sentido. Penetré una o dos veces muy delicadamente, era hermoso, mi verga estaba presionada de tanta lujuria y pasión siniestra. Otra vez estaba tan duro como un diamante de amor perverso.
   En un momento, los tubos fluorescentes de la habitación comenzaron a parpadear.
   La luz había vuelto.
   En ese instante sentí una fuerte electricidad recorrer mi cuerpo y sentí, además, que algo había aplastado mi cuerpo, lo había envuelto con nada. Sentí un fuerte golpe en mi cabeza, dentro de mi cabeza. La rubia, Kate, comenzó a esfumarse. Comenzó a desaparecer y mi verga empezó a sentir frío y ya no se sentía presionada por las nalgas de Kate (porque Kate había desaparecido  entre la claridad de la luz eléctrica). Además, la sentí más ligera, había perdido su enorme tamaño. Otra vez mi pito medía cinco centímetros. No siento vergüenza de decirlo, son los cinco centímetros más apasionados de toda la Argentina, las minas nunca mienten, las hago acabar de placer dónde sea, cuándo sea y cómo sea.
   Me levanté asustado, me vestí y  me dirigí a la puerta.

13
   El aire perdía esa intensidad que momentos antes nos había poseído. Los mundos volvían a separarse y dejé de sentir esas manos invisibles presionar mis huevos. Todo se había acabado al fin. Me sentía triste y con ganas de llorar. No era un buen modo de cortarte un polvo, el polvo mágico.
   No sentía miedo, el mismo se había hundido en el aire viciado, si no lujuria asesinada. No recuerdo el momento en que perdí el cagazo. Fue todo muy extraño, lo admito, pero también fue emocionante y muy placentero. Había estado rodeado de fantasmas y, sin embargo, me sentía muy feliz.

14
   Alejandro estaba desnudo y sumamente feliz.
   -Le pegué la empernada de su vida a ese Tom -me dijo sonriendo-. Lo amo, amo a Tom. Pero se fue. Nunca había garchado a un tipo (nunca había garchado para ser sincero), pero fue fenomenal, mi pene era enorme. Y Tom pedía más y más.
   Por alguna razón, la sorpresa no era un sentimiento que me funcionara en esos momentos porque nada me impresionaba. 
   Luego, mucho tiempo después, me puse a pensar que ellos tampoco habían estado sorprendidos, ni por la aparición y, al final, desaparición de esas tres personas pervertidas. Lo habíamos tomado muy a la ligera (pero, como dije: necesité de tiempo para descubrirlo).
   Miré a Enzo.  Estaba bastante excitado, con una erección que hacía carpa para siete miembros. Claudio parecía normal, como si hubiera visto una película de Travolta.
   -A mí no me garcharon -dijo Enzo, haciendo puchero y con la voz quebrada-. Yo quería con Amy.
   -Pero Amy fue mía -acotó Diego apoyado en el umbral de la habitación de sus padres-. La magia se terminó, muchachos. Ah, Enzo. Tenés razón cuando nos contaste lo del cabaret, garchar es lo mejor que hay en el universo- culminó mientras se acercaba a nosotros.
   -No sé -le devolvió Enzo-. Nunca me eché un polvo. Les mentí.
   -Lo sabíamos -le dije-. Siempre lo supimos.
   Claudio se levantó y dijo:
   -Es que sos un pajero, Enzo. Yo ya me garché a tres minas. Mirate. Sos el único virgen del grupo. -Ahí supe por qué era tan “groso” (genio) Claudio para mí, tal vez siempre lo había sabido, al menos inconscientemente. Por eso no me sorprendí mucho al escucharlo.
   Reímos a carcajadas.
   -No sabíamos que eras gay, Ale -le dije con suma precaución y la mejor delicadeza que el aturdimiento fue capaz de ofrecerme.
   -¿Nunca lo notaron? -me dijo algo asombrado y sorprendido-. Por eso es que siempre fui callado. Por eso es que me gusta estar con ustedes. Siempre dudé de mi sexualidad, ahora lo tengo claro. Soy un gay, pero un gay activo: doy y no recibo.
   Miré a Enzo, parecía comprensivo. Asentía a cada palabra que oía.
   Me alegré mucho al verlos a todos tan unidos.
   Todo había terminado.
   -Deberemos limpiar toda esa porquería -dijo Claudio mientras señalaba los fragmentos del televisor.
   -Tomá -le dijo Diego a Enzo mientras le acercaba tiras de cinta del video derretidas-. Para que te masturbes en tu casa. Muchas gracias por el favor. Muchas gracias por hacernos debutar.
   -La película estuvo excelente -dije yo-. La mejor que jamás he visto. Casi real.
   Reímos todos al unísono.
   A Enzo se le caían lágrimas de bronca y vergüenza.
   Todos algún día somos castigados por mentir, ¿no? Una devolución del destino, tal vez un revés si fuese un partido de tenis.
   Al final, Enzo, comprendió y se unió a nuestras locas risas. Desde entonces fuimos tan unidos que parecíamos cinco hermanos en vez de amigos. Enzo debutó unos meses después (con una loca del colegio, movida por todos los alumnos que cursaban con ella), y las decisiones para elegir un título cuando nos juntábamos a ver una película la hacíamos entre todos.
   Tomamos medidas drásticas: no volvimos a ver porno (al menos, juntos), tampoco ninguna de terror (nada de Jason, Freddy Krueger ni nada de películas basadas en Stephen King, por ejemplo: Apocalipsis) ni de asesinos ni nada por el estilo, sólo películas para niños y dibujos animados. Y tampoco volvimos a ver tele cuando una tormenta se aproximaba.

15
   La presión de la mano había desaparecido de mis huevos y descubrí muchas cosas ese día, el día de una historia extraña. Una historia que valió la pena vivir.
   A veces pienso que todo fue obra, de verdad, de un ser superior (lo vuelvo a decir) y que le gustó armarse una de estas historias extrañas con nosotros como protagonistas. A ese Ser lo llamo: Dios Pervertido. Un dios de una biblia del sexo puro…

EPÍLOGO
 (Llamémosle así)
   Esta es mi historia. Esta es mi aventura, la mejor de todas. No iguala a cuando salíamos cazar perdices con la gomera o nos metíamos en los campos ajenos para correr a las liebres con un palo. Esto, la historia extraña (si me permiten, en fin, llamarla así), fue una verdadera aventura y jamás podré olvidarla.
   Podrán o no creerme. En ustedes está dar la última sentencia. Para nosotros cinco sucedió de verdad, no creo que hayamos tenido una alucinación colectiva ya que no nos drogábamos en ese entonces (y ahora tampoco, algunos).

   Yo, ahora, me voy a ver una nueva película en DVD, “Explosión Anal IV”, que me pasó un amigazo de la facultad. A lo lejos vi unos rayos y oí unos truenos no tan lejanos. Quién dice, tal vez tenga suerte y se me aparezcan quince minas sedientas de sexo, del bueno y barato. Eso espero. Sería la orgía del siglo (para mí).
   Me aseguraré de desconectar los cables cuando se cortase la luz, si tal cosa sucede. No quiero que nada me cague la fiesta.
   Respecto al título de la película del evento raro, nunca recordamos el nombre. Es como si hubiésemos olvidado que la misma existió alguna vez. Es extraño. En realidad, todo fue extraño ese día (debo repetirlo tantas veces como pueda, nunca acabo por creerme toda esta historia aunque sé que sucedió).
   Simplemente, el título se borró de nuestra memoria.
   Acabo de ver otro rayo, adiós. Deséenme suerte. La necesitaré.



Sencillamente: FIN




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lunes, 28 de febrero de 2011

Una historia extraña (Parte 2 de 3)

¿Cabe la pena advertir que el texto contiene algunas palabras "fuertes", por decirlo de alguna manera? No sé pero igual va la advertencia... Esta segunda parte contiene un lenguaje menos sutil, jaja... Yo aviso, después no quiero oír quejas. Igual lo leerán, siempre mata la curiosidad... El lenguaje le da mayor realismo al texto, esa es mi opinión...
   La segunda parte del relato....





6
   EL logo de la productora de cine pornográfico fue lo primero que apareció en la pantalla. Luego, los créditos con el nombre de los protagonistas presentados en un fragmento de alguna escena en plena acción. No recuerdo cómo mierda se llamaba la película pero estaba muy buena, de eso no hay dudas, hasta que sucedió lo inimaginable.
   Una rubia estaba mirando a través de una ventana que daba a la cocina desde fuera de la casa. Dentro, en la cocina, había un hombre bien vestido, de traje y con un peinado hacia atrás besando apasionadamente a una morocha, que era la mucama al parecer, por la vestimenta que llevaba puesta. El hombre comenzó a acercar sus manos hacía las nalgas de la mucama y se las presionó con intensidad. Ella se sobresaltó y empujó al hombre hacia atrás. Ella le dedicó una mirada fulminantemente sensual y llevó sus manos a su uniforme. Comenzó a desabrocharse el uniforme dejando asomar unos enormes y firmes pechos. El tipo miraba, parado y sin inmutarse. Del otro lado de la ventana, la rubia observaba la escena mientras se dejaba derrotar por la lujuria. Comenzó a tocarse y jadear sensual y exageradamente.
   Ver esas primeras escenas me excitó casi de inmediato. Me crucé de piernas y respiré profundo, simulé estar tranquilo al tiempo que trataba de ocultar una erección inminente. Miré a mis compañeros de cine y los vi en una postura similar a la mía. Y preocupados por sus correspondientes erecciones.
   Creo que a esa altura ya estábamos todos al palo.
   El tipo del traje se bajó el pantalón. No usaba calzoncillo ni bóxer, loco de mierda; yo me paspo todo si no uso un calzoncillo. Dejó asomar una enorme verga (me pregunté si sería de verdad o solo efectos especiales, los actores pornos siempre la tenían más grande que la mía y eso me deprimía) y la mucama se arrodilló para darle una buena mamada. Fuera, la rubia estaba meta colocarse sus propios dedos para calmar la sed de sexo que la invadía. Yo sentía unas terribles ganas de ayudarla en su soledad. Era un desperdicio que una mujer así estuviera frotándose sola cuando en una casa de El Peligro habían cinco jóvenes que solo querían ponerla. Oí unas palabras, las primeras de la película. Ahí supe que la película estaba doblada (no estaba así mi muñequito, que emitía ráfagas de excitación a mi garganta, recordándome que doblada no estaba con total seguridad), tal vez en Colombia o México.
   Ya no aguantaba más. Quería ir al baño y darle una buena jalada a mi pito. Estaba por estallar. Cuando me dispuse a levantarme para ir al baño, se oyó un trueno sobre la casa y, de inmediato, se cortó la luz.

7
   La casa quedó temporalmente a ciegas hasta que nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad. Fuera, se largó un fuerte chaparrón y los truenos eran cada vez más intensos y llegaban con mayor frecuencia. Los flashes de los rayos deslumbraban instantáneamente la casa de los Sánchez. El aire era cada vez más extraño, sabía a un sabor dulzón y a hierro. Era muy fuerte, denso y cálido. Todo era muy, pero muy extraño aunque no sorprendente.
   -La puta madre y lluvia de mierda -se quejó Enzo a los gritos sin notar el cambio en el aire ni la rareza que se respiraba.
   Yo me asomé a la ventana. La tormenta era intensa, poderosa e inesperada, como toda tormenta de verano. Rogaba que no cayera granizos y, en ese momento, me sentí preocupado por mi madre, ella seguro que estaba preocupada por mí. En esos días no existían los celulares, o al menos no eran tan accesibles como hoy. Olvidé por un rato el cambio constante del aire y decidí llamar a mamá.
   -¿Puedo llamar a casa, Diego?- le pregunté-. Quiero avisar a mamá que estoy bien para que no se preocupe.
   -Claro, Daniel -me contestó. Y agregó señalándome el teléfono-: ahí está el aparato, a tu disposición.
   Me acerqué, tomé el auricular y me lo coloqué en el oído izquierdo. Estaba muerto. No había sonido alguno.
   -No hay tono -le comuniqué a Diego.
   -Debe ser el viento. Capaz que se cayó una rama sobre la línea y la rompió  me dijo.
   Por la intensidad de la tormenta así parecía ser. Comencé a asustarme, no lo niego. Me estaba meando del cagazo.
   Un instante después oímos ese horrible sonido, una especie de chasquido con olor a quemado. Una luz nos deslumbró, fue muy intensa, y una brisa recorrió nuestra piel de arriba abajo. Un rayo había caído en el techo de la casa. Estaba seguro de ello porque era lo que debía suceder.
   El televisor se encendió de repente y la película cobró vida pero las luces del resto de la casa no se habían encendido. Luego, el aparato estalló y una fuerte luz emergió de la explosión cegándonos a los cinco una vez más. Por un momento hubo un enorme silencio y oscuridad clara.
   Una voz nos asustó. Era la voz de un hombre que preguntaba dónde se encontraba, también se oía los jadeos de una mujer y el sonido de otra que parecía tener algo en la boca. No lo pude creer hasta que mis ojos me dijeron lo contrario: los personajes de la película habían emergido de la pantalla, ahora destrozada, hacia nuestro mundo. Grité fuerte, muy fuerte del terror. Creo que mis amigos me acompañaron. Y los personajes de la película también.

8
   Un instante después creo que se me cayó la erección por culpa del susto pero no lo sé bien. Al mismo tiempo teníamos a dos minas en bolas, y bueno, a un tipo con una verga de veinticinco centímetros delante de nosotros.
   -¿Dónde estamos?- preguntó el hombre sorprendido y asustado, una vez hubo acabado el griterío de miedo que habíamos protagonizado-. Yo estaba en mi casa cuando esa luz me…
   Miró a los alrededores y vio a la rubia levantándose del suelo.
   -Amor -le dijo el hombre a la rubia-. No es lo que parece. No sé qué pasó pero no es lo que parece, Amy me obligó a hacerlo.
   -Amy, Amy- dijo la mujer con acento medio mexicano y tono irónico acercándose al hombre de los veinticinco centímetros-. Siempre lo supe. Yo le dije a ella que te sedujera, Tom. Ella es mi novia.
   Tom se quedó perplejo ante la confesión de la mujer rubia. Era lesbiana, un argumento clásico de toda película porno cobraba vida en el living de los Sánchez, era lo de menos, nadie se fijaba en el argumento en una película condicionada, lo sé por experiencia propia, pero en ese momento parecía ser muy importante. Me sentía envueltos por enormes manos que no me dejaban pensar en otra que no fuera, bueno, que no fuera real.
   -Pensábamos matarte hasta que sucedió esto -concluyó la rubia alegremente.
   La mucama estaba completamente desnuda, yo no podía aparatar mi vista de sus senos, eran perfectos y excitantes.
   Enzo decidió intervenir en el asunto. Todos estábamos enmudecidos desde el estallido del televisor.
   -Creo que deben irse -dijo secamente, pero tembloroso-. Antes de que llamemos a la policía.
   -Ustedes -dijo el hombre, Tom, enojado y señalándonos a los cinco-. Ustedes nos trajeron a esta casa. A este lugar de mierda.
   Por dios, el tipo gritaba mientras su pene aún erecto señalaba a los cinco con su único ojo sumamente dilatado. Sentí deseos de reírme hasta morir pero el susto era el sentimiento más fuerte en ese momento, y las ganas de mear, insaciables.
   -Óigame, señor -dijo Enzo-. Nosotros no sabemos cómo sucedió esto pero no somos culpables de lo que sucedió. Solo queríamos ver la película en paz.
   -¿Esta película? -preguntó la mujer rubia mientras nos mostraba la caja de video. La tormenta estaba remitiendo y el día aclarándose. La tormenta de mierda se había ido a otro lado-. Esta soy yo -concluyó al ver la foto de la caja del video.
   -Así es. Son personajes de una película porno -agregó Alejandro.
   -No puede ser -dijo la mucama débilmente, tal vez por el pete que le estaba haciendo a ese Tom-. Es cierto -añadió luego de ver la tapa de la caja.
   -Ahora, ¿qué mierda hacemos? -pregunté al grupo y a mí mismo. El ambiente estaba muy extraño. Algo estaba invadiendo mi cuerpo finalmente. Y esas manos invisibles me presionaban los huevos.

9
   El hombre, o Tom, se sentó en la silla y se miró. Observó los fragmentos de la tele y dijo:
   -Personajes de una película. Lo sabía, era todo muy perfecto. Jamás había cojido tanto como hoy. Y mi verga, estaba como diez centímetros más grande. Pero siento que soy Tom y ella mi mujer -dijo señalando a la rubia.
   -Nada tiene sentido -dijo la rubia confundida-. Nada.
   Diego y Claudio murmuraban algo al oído. Nunca supe de qué hablaban pero algo hizo click en mi cabeza, una idea se me había venido a la cabeza.
   -Fue el rayo -dije-. El rayo cayó en la antena, hizo explotar la tele y los trajo a este mundo, el real-. Estaba muy seguro al respecto, por eso era que desconfiaba tanto de la tormenta cuando había salido de casa. Ahora todo estaba muy, digamos: diferente.
   -Es decir -agregó Claudio- que están atrapados en nuestro mundo, un rayo no cae dos veces en un mismo sitio y no se puede saber dónde caerá otro.
   -¿Alguien tiene un poco de ropa? -preguntó Tom sin escuchar nuestras deducciones, creo que también estaba cayendo bajo los efectos del aire, como nosotros. Se lo notaba algo confundido, lo notaba parte de nuestro mundo. Todos éramos víctimas del aire cambiante-. Se me está enfriando la chota.
   -Para mí también -pidió la mucama morocha-, por favor.
   -Yo les paso algo de mis padres -les dijo  Diego a Tom y a la mucama, Amy. Y se fue a la habitación de sus padres.
   La rubia estaba sentada observando el ambiente. Yo seguía pensando en el aire denso, extraño pero reconfortante, que se metía en mis genitales y explotaba todo mi potencial. Sentía un fuerte deseo y anhelo de carne. Sentía ganas de echarme un polvo. La rubia me miró y se mordió los labios. Otra fuerte sensación apareció de golpe en mi panza y se dirigió a mi garganta. Quería escupir y garcharme a esa rubia misteriosa.  Experimentaba una intensa erección mientras recordaba cuando había pensado que era una pena que ella se estuviera tocando sola cuando en El Peligro había cinco pajeros deseando hacerle de todo. Ahora, allí estaba, servida para mí. Le sonreí. Tom habló.
   -Debemos irnos de aquí. Debemos volver como sea.
   -No hay forma -dije yo con mi mente a años luz de esa casa. El aire viciado había invadido mis deseos y, por lo que noté, también había invadidos por completo a todos los que se hallaban presentes en el lugar de los hechos. Los dos mundos se estaban mezclando.
   -Es extraño -dijo Tom con una mirada de asombro-. Siento ganas de tener relaciones sexuales pero no con una mujer, sino con un hombre.
   Miró a Alejandro. Este se sobresaltó. Y rió débilmente, casi que no lo noté.
   El ambiente estaba viciado de sexo. De ganas de sexo. De hambre de sexo.

Continuará...





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domingo, 27 de febrero de 2011

Una historia extraña (Parte 1 de 3)

   Hola de nuevo, mis lectores. Hoy les presento un nuevo relato, el más largo que he escrito hasta el momento. Este relato lo partí en tres partes para facilitar su lectura (convengamos que son más de cinco mil palabras y podría abrumar a varios), y esta es la primer entrega.
   Una vez más les advierto sobre el lenguaje del relato y el curso de la historia. Seguro que te preguntas por qué el nombre El Negro de El Peligro del blog, la respuesta es sencilla. A mí me llaman Negro, y vivo en El Peligro. Quise jugar armándome un juego de palabras. En un principio pretendía escribir relatos de este tipo, bizarros y asquerosos (el nombre del blog encajaría a la perfección) pero el resultado de mis escritos fue diferente. Terminé siendo un maldito romántico. Ojo, nunca dejaré de escribir mis sentimientos cada vez que lo necesite pero este es mi otro lado, el más cómico y oscuro que pueda tener...
   Espero que les guste...
   La primera parte...









1
   “Del polvo venimos y hacia el polvo vamos.”
   Esta es la frase más verídica de toda la biblia, es lo que al menos creo yo. Creo que es muy obvio que mis padres se echaron algunos polvos antes de procrearme y, al procrearme, habrá sido muy intenso todo este bendito asunto. Soy bestialmente enorme. Y eso de “al polvo vamos” lo veo como que el hombre no piensa en otra cosa que no sea tener sexo con su prójimo, sin importar que esté casado, de novio, sea mayor o menor de edad. Es así: el ser humano es el único animal sobre la Tierra que tiene sexo por simple placer, exceptuando la necesidad de supervivencia de la especie.
   Bueno, también es verdad que la frase “echarse un polvo” proviene del Génesis pero me gusta ser feliz creyendo que es al revés. Nací para polvear la vida, y las páginas de un libro no cambiarán mi manera de creer. En fin, no escribo esto hoy para hablar sobre religión y dioses que tienen relaciones sexuales celestiales a distancia. No quiero ofender a nadie. Así que vamos a lo nuestro; vamos a lo que nos compete en estos momentos. Volvamos al polvo.

   Se preguntarán a qué se debe toda esta breve introducción, pues la respuesta es sencilla. El polvo cambió mi vida para siempre. Y el suceso que me llevó a echarme mi primer polvo fue muy extraño y me marcó la memoria.
   Sucedió hace más de una década, cuando tenía quince años, alrededor de 1995, en el verano más caluroso de la década en el barrio de El Peligro. Ese verano vivimos la aventura más grande de la historia, mi historia, nuestra historia. Junto a mis cuatro mejores amigos, nos hacíamos llamar la “Pandilla de Derry”, un guiño a Stephen King, mi autor preferido de libros. La idea de Derry fue mía, después de haber visto It en mi casa unos meses antes del suceso.
   La cuestión era que nos encantaban las aventuras, tratábamos de encontrar el modo de no aburrirnos durante las vacaciones de verano. Nunca nos habíamos imaginado que tendríamos una experiencia sobrenatural, más allá de las historias de Stephen King, mucho más macabra, además de erótica. Cruelmente erótica.
   Cuatro de los cinco éramos vírgenes (me incluyo en el grupo), hasta ese día, diez de febrero de 1995. Todo cambió en nuestras vidas. E incluso, en la vida del que no era virgen.

2
   Usted podrá pensar que nos aventuramos en un cabaret del barrio pero se equivoca. Jamás intentamos penetrar esa fortaleza, nuestros padres podrían habernos asesinado si hubiésemos intentado siquiera entrar allí. No es como en estos días donde los chicos de quince años ya son padres, acompañados de un kilometraje sobre los caminos del sexo que antes se lograba a los veinticinco años.
   Nuestra aventura comenzó ese diez de febrero a eso de las nueve de la mañana cuando llegó Alejandro junto a Enzo a mi casa. Mi vieja estaba lavando la ropa en el lavadero mientras yo me degustaba un excelente capítulo de Dragon Ball Z. Mi viejo seguramente estaba trabajando en la granja, como todos los días.
   Los dos saludaron amablemente a mi madre y los invitó a pasar a casa. Ella les ofreció unas galletitas que ambos aceptaron y se fue a continuar con su trabajo de ama de casa.
   -Ahora vamos a la casa de Diego y Claudio -dijo Enzo, el mayor del grupo, apenas unos dos meses mayor que yo y mucho más pelotudo que cualquiera de los cinco. Era el que siempre presumía su aventura en el cabaret y el mandón del grupo, a veces deseaba matarlo por ser tan hijo de puta, se creía el líder del grupo y, nosotros, lo dejábamos actuar con suma impunidad-. ¿Vamos ahora? -propuso finalmente.
   -Dale -dije yo, entusiasmado y asqueado por verle la cara. Notaba un brillo en los ojos de Enzo que despertó mucha curiosidad en mí, seguro sería algo emocionante. No me equivocaba.
   Además, ya estaba demasiado aburrido allí, encerrado viendo televisión todo el día solo. Menos mal que salí de casa o si no podría haber terminado siendo uno de esos freaks que se disfrazan de dibujos animados que, pobres, no tienen vida. Lo lamento mucho por ellos. Pero no los juzgo, ya lo dije, no quiero ofender a nadie con mi relato. Puede sonar a controversia porque estaba viendo Dragon Ball Z, pero D.B.Z no es un animé, es un manga. Continúo con la historia.
   -Perfecto -agregó Alejandro, que lo sentía ajeno a la charla entre Enzo y yo. Era un muchacho muy callado, siempre observaba nuestras charlas y, a veces, acotaba con lo justo. Pero le gustaba estar entre nosotros y, a nosotros, nos gustaba su presencia. Su forma de ser se aclaró al final del suceso inolvidable.
   -Dale, Daniel. Cambiate -me mandó Enzo. Siempre era así, y yo siempre obedecía las órdenes del cara de boludo.
   -Vamos así nomás -le dije yo sin preocuparme por mi vestimenta. Quería salir urgente de casa, alguna fuerza me empujaba hacia la casa de los Sánchez.
   Le dije a mi vieja que iba a dar una vuelta a la casa de los Sánchez un rato y que volvería mas tarde. Ella dijo que no había problema (eso era lo bueno de ser un excelente alumno en la escuela y comportarse debidamente ante tus padres; ellos confiaban ciegamente en uno) pero que me cuidara. Dijo, además, que creía que se avecinaba una tormenta, que no ande en la calle si se largaba a llover.
   Salimos en busca de una aventura que nunca habíamos imaginado que encontraríamos.

3
   Cuando salimos afuera de casa, vi lo que mamá me había advertido momentos antes, una enorme negrura se acercaba desde el norte hacia nosotros. Era muy negro, una tormenta de verano que prometía ser intensa. Lo extraño había sido que mamá me había dejado salir. Creo que era todo obra de un ser mucho más poderoso que nosotros, alguien que se encargaba de escribir el argumento y guiar nuestros pasos a ese hecho peculiar. O mamá no vio bien a la tormenta inminente. No lo sé, el viento aún no había llegado y aún hacía mucho calor.
   Nada de esto se lo mencione a los chicos, solo me dediqué a pedalear y a seguir a Enzo y Alejandro, que iban dialogando sobre algún partido que había jugado el Pincha la noche anterior y perdido, por suerte.
   Volví una vez más mi mirada hacia la tormenta, había algo raro en ella; era algo que no captaba pero temía. Me generaba mucho recelo pero igual seguí adelante. No podía volver a casa.
   -¿Qué vamos a hacer en la casa de los Sánchez? -le pregunté a Enzo, en especial.
   -Ya verás, Daniel. Ya verás -me respondió-. No haremos nada de otro mundo, chico de Derry.
   Eso lo tomé como a una pista, supuse que sería una película. Siempre hacíamos lo mismo, en la casa de alguno de los de la pandilla.
   Seguimos nuestro viaje, dándole la espalda a la tormenta que todos ignoraban. Excepto, creo, yo. O tal vez la ignoré hasta que provocó lo que provocó.
   (Perdónenme, me gusta el misterio; y quiero que ustedes sepan todo a medida que lo fui sabiendo yo, a su debido momento. Tarde o temprano todo se devela y revela, como una buena foto de un fantasma).

4
   Diego y Claudio eran hermanos, hijos de Pedro Sánchez, un íntimo amigo de mis padres, y de su mamá (nunca me acuerdo el nombre de ella, pero creo que era Ruth). En ese momento sus padres no estaban en casa. Habían ido a una reunión en Buenos Aires por unos negocios sobre unos campos en Abasto, en esos días no entendía una mierda sobre asuntos inmobiliarios y, aún hoy, sigo siendo un ignorante del tema, es todo un puto y bello misterio para mí.
   -¿Qué hacemos? -preguntó Diego, el mayor de los Sánchez. También de quince años. Claudio tenía catorce o estaba cerca de los catorce, no sé. No soy bueno para las cuentas, se las debo. Pero seguro que aún no tenía pelos alrededor de su amiguito. Aún así era un  genio, un groso, luego supe por qué.
   -No sé, Enzo es el que siempre tira las ideas -dije mientras miraba a Enzo, esperando que se le ocurriera algo o tuviera algo entre las mangas. Así fue.
   Enzo le dijo algo a Diego y este se fue a su habitación. Al regresar traía una caja, o algo que se le parecía. Era pequeño y tenía una imagen, una foto que me generó un estremecimiento placentero en mi estomago. Era el video de una película porno.
   -Esto -dijo Enzo mientras tomaba el videocasete y lo enseñaba al público -es una película porno. Los viejos de Diego y Claudio no están. Así que vamos a disfrutar de una buena hora del mejor sexo yanqui. Después haremos una competencia de masturbación-. Nunca supe si lo dijo en joda o iba en serio.
   Claudio lo miraba con aires de desprecio pero también asomaba una débil sonrisa pervertida. Yo sonreí, me parecía algo gracioso. Afuera, comenzó a levantarse viento. El cielo comenzó a nublarse más deprisa, como anunciando algo desagradable, pero no podía ser así, eso solo sucedía en novelas y películas de Hollywood. Lo que sí sabía era que la tormenta estaba casi sobre nosotros.
   -Cabe aclarar que yo no estaba de acuerdo con esta locura -dijo Diego con las mejillas sonrojadas de vergüenza. Pero excitado, un buen pajero de mierda. Un buen muchacho que también se dejaba gobernar por Enzo.
   -Dale, boludo -dijo Enzo a Diego cortante-. Bien que te gusta estas cosas. Las pajas que te habrás hecho viendo películas de este tipo. ¿Dónde las escondiste? Sé que tenés alguna escondida en tu habitación.
   -Yo no tengo esas cosas, Enzo. No hables pavadas.
   Enzo negó con la cabeza, frustrado y mirando al suelo. Se dirigió al living, encendió la tele y puso el video dentro de la videocasetera.
   -Vamos a ver la película y a relajarnos un poco, muchachos. Aprendamos así algún día vamos al cabaret a ponerla. Mejor dicho, los llevo al cabaret a ponerla. Vieron, yo conozco ese lugar de arriba abajo. -Sonreí porque casi metió la pata, Enzo casi se ahoga de vergüenza.
   Luego emitió una fuerte carcajada.
   Todos nosotros venerábamos a Enzo, excepto Claudio (siempre fue muy cortado con Enzo), porque había debutado con una mina de dieciocho años, hacía unos meses atrás. Al menos era lo que decía él. Aunque tenía unos granos en la cara que parecía decir lo contrario, ¿qué mina de dieciocho años se querría voltear a un pibe de quince con esa cara de pelotudo? Pues, él había sido la excepción a la regla. Eran sus palabras. En el resto de su personalidad, se nos hacia fácil odiarlo, pues era un tremendo hijo de puta.

5
   En el preciso instante en que Enzo metió el casete en el video y, esta, se la devoró para llevarlo a sus entrañas que difundirían sus imágenes más perversas, afuera se oyó un fuerte trueno. Yo estaba cada vez más seguro de que esa tormenta era un aviso de algo muy malo. Al salir de mi casa lo había notado casi de inmediato, ahora, parecía estar dándome la razón con ese trueno tan preciso, que estalló apenas la película atravesó el umbral de la tecnología.
   -Tal vez debería ir a casa antes de que se largue a llover -dijo Alejandro, que no había dicho nada hasta ese momento, con la voz temblorosa. Creo que también notaba algo extraño. Había algo raro en el aire, se respiraba diferente, como más pesado, más vivo. Es difícil de describir, sólo puedo decir que algo estaba cambiando en el ambiente de la casa de los Sánchez.
   -No jodas, Ale. Si querés, andate. Nadie te obliga a quedarte -lo regañó Enzo.
   Alejandro vaciló un momento con irse pero al final se sentó en una de las sillas que rodeaban al televisor. Como yo, creo que olía la rareza pero tampoco quería huir de la misma. El deseo era más fuerte que nuestra voluntad.
   -¿Viste? -dijo Enzo con tono irónico-. Sabía que sos un cagón pero te gustan las pornos. Sos todo pervertido y pajero.
   -Yo, ¿pajero? -decía Alejandro mientras se señalaba en el pecho, al borde de las lágrimas y encolerizado-. Vos trajiste esa película para después masturbarnos todos en el jardín de los Sánchez.
   -¡Eh! -gritó Claudio-. ¡Nadie se va a pajear en las rosas de mamá!
   -Bueno, calma -intervine-. Calma que ya comienza la película.
   Otro trueno, ahora más cerca. Me sobresalté y, luego, me acomodé en mi silla y miré a la pantalla del televisor Philco.
   La película dio inicio.


Continuará...




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lunes, 3 de enero de 2011

Debutante

Antes que nada, debo advertirles que este relato contiene palabras groseras, por decirlo de algún modo. Si no le gusta este tipo de groserías, ni intente leer este relato. Hay un lenguaje demasiado argentino y vulgar. Está avisado, esto es diferente a lo que llevo publicado.


Este relato fue creado originalmente para disfrutar con mis amigos, pero me gusta y quiero compartirlo con ustedes. Acepto críticas en contra. Aviso que puede haber algún error porque no suelo frecuentar estos lugares pero tampoco critico a quien lo hace.











1
    El silencio que se generó cuando su tío hubo apagado el motor del Torino estremeció a Damián. Su tío se detuvo al lado de un hermoso Bora a la derecha y un sucio y destartalado Fiat 147 azul a la izquierda. Luces rojas marcaban el contorno del frente del “local”. La luz del alumbrado público generaba en la cara de los tres tipos una vitalidad espeluznante e infernal. El cabaret se elevaba frente a ellos. Damián lo observó con gran admiración. Hoy le conocería la cara a Dios.
    El tío Diego fue el primero en bajarse del auto, de su auto, Damián iba en el lado de acompañante y atrás estaba José, el hermano de Damián.
    —Bueno, muchachos —dijo Diego—. A festejar el cumpleaños de Dami.
    Damián estaba emocionado, en un estado de excitación que a duras penas podía controlar (a “dura” aún no quería llegar). Era su cumpleaños número dieciséis y jamás se le dio la oportunidad de garchar, tal vez era el destino que se empeñaba en dejarlo solo; o era su cara de boludo la que no le permitía ir a una batalla entre dos, la que no le permitía ir a la guerra, y siempre terminaba batallando en plena soledad bajo la luz del foco de 100 watts del baño.
2
    Desde la puerta se escuchaba música que Damián no conocía pero que José y su tío Diego tarareaban a la perfección.
    —Esto es un poco de cumbia, Dami —le dijo Diego—. Hay cachaca, algo de Bronco, romantiquito, o Los Ángeles Azules, ¿te cabe Los Mensajeros del Amor? ¿Conocés Brindys?
    —No sé quiénes mierda son esos —contestó Damián que sólo escuchaba Molotov y La Renga.
    —Vamos que alguna de Daniel Cardozo te conocés, papá —acotó José.
    —Sí, pero no sé. ¿Es importante la música en estos lugares?
    —Vamos y verás, sobrino —dijo Diego.
    Diego se acercó a la puerta, la abrió e hizo el gesto para que entraran. José fue el primero. Damián miró parado desde afuera con cierta desconfianza al interior, en muchas charlas escuchó que en los cabarets se cagan a trompadas, corre la merca y encima corrés peligro de enfermarte con algunas de esas enfermedades jodidas.
    —Vamos, Dami —le invitó su tío—. Vamos que el polvo lo pago yo.
3
    El interior no era como Damián se lo había imaginado, no como los mostraban en las películas yanquis. El lugar era una mierda. Flotaba el humo de los puchos (o porros, Damián no lo sabía con certeza) y el olor a birra era intenso y penetrante. La música sonaba tan fuerte que su tío y su hermano gritaban en vez de hablar. Miró el local, había una mesa de pool (que nadie estaba usando), unas cuatro o cinco mesas cuadradas, una barra, allí estaba la mayor parte de clientes y mercancía, y, al fondo, un pasillo que daba a una oscuridad infinitamente orgásmica, “ahí van a ponerla” le dijo José, un cabaretero desde los quince años que rondaba los veintidós.
    —Vení —lo llamó Diego—. Vamos a tomarnos una birra. —Llamó al tipo de la barra y le pidió la birra al oído con ímpetu, el tipo asintió y su tío le dijo algo más al oído, el tipo volvió a asentir y le dijo algo a su tío, ambos rieron.
    De fondo sonaba canciones no conocidas por él. Sonaba algo de cumbia villera, sonaba algo que se titulaba "La Zorra". En la pista, si se puede llamar pista a un suelo de cemento arenoso lleno de polvo, había un par de putas con sus respectivos clientes. Uno le manoseaba el culo y la apoyaba contra su cuerpo. La otra mina le meneaba el culo en la verga de un tipo vestido de traje, parecía un empresario. Damián dedujo que la música sí era importante en estos lugares.
    —Ese tipo —dijo Diego señalando al cliente del traje al cual le meneaban la cola en su verga—, es el dueño del Bora que está al lado del Torino. Es concejal de Quilmes.
    Damián asintió sorprendido. Un tipo importante iba a los cabarets de mala muerte en lugar de ir a Cocodrilo, el cabaret VIP y más importante de Buenos Aires, del que escuchó hablar alguna vez.
    —Vení, vamos al lado de la mesa de pool —pidió su tío una vez recibió dos pequeñas botellas de Budweiser.
    José se había alejado con una morocha, flaca y de unas gomas infartantes, pero fea de cara al parecer. La poca luz del interior no le daba demasiados detalles de la gente.
    —Hablé con Gastón, el tipo que está en la barra y dueño del breca. Le pregunté si me podía conseguir la mejor mina que tuviera y me dijo que iba a mandar a Carla, una negra que te va a pintar la verga de colores.
    Damián sonrió. Sintió un hormigueo en Damiancito.
4
    Una rubia se acercó a su tío, lo besó en los labios y le manoteó el bulto. «Dios, qué mina atrevida», se dijo Damián a sí mismo.
    —Estrella, te presento a mi sobrino, Damián. Todavía es suavecito y esta noche lo vamo´ a destetar.
    —Hola —lo saludó Estrella al oído dándole un beso cálido en la mejilla.
    «Por Dios, es un hombre», dedujo Damián al tiempo que oyó el «hola» de Estrella.
    Sonrió débilmente y se asustó un poco. Jamás había visto un travesti de cerca. Hoy era la Noche De Sus Primeras Veces en todo, hasta en conocer a un travesti. Le dio un sorbo a su botella de Budweiser.
    Apoyado en la mesa de pool volvió a mirar a su alrededor, buscó y encontró a su hermano, estaba bailando con la tetona morocha y con sus manos apoyadas en el culo de ella. Ella parecía feliz. Bailaban al son de música del Paraguay, por lo que oía. Veía muy poco, había poca luz en el interior provenientes de luces rojas y otras que hacían brillar su remera blanca y los dientes de su tío cuando sonreía. Esas luces que usan los quiosqueros para que los giles del barrio no lo garquen con algún billete de cien trucho.
    —Ya viene tu negra —le dijo su tío al tiempo que señalaba a una mina que emergía de la oscuridad infinitamente orgásmica del pasillo del polvo de quince minutos.
    Damián comenzó a sentir sus piernas débiles y el hormigueo en sus entrepiernas cesó de momento. El miedo se adueñó de su ser. Jamás había tenido novia y lo más cercano al sexo que tuvo en su vida fue un beso en la comisura de sus labios por parte de Noelia, a los once años, exceptuando las interminables sesiones de paja hojeando las revistas Hombre o navegando por páginas pornográficas desde el celular. «Dios bendiga al 3G», dijo mientras su mente volaba por los aires del cálido y viciado cabaret. Comenzó a sudar y su tío lo miró con una cara de rareza que a él no le gustó mucho.
    —Tranca, Dami —dijo—. La argolla tiene labios pero no tiene dientes, y no te va a arrancar la cabeza de la chota —concluyó guarangamente.
    Carla se acercó a Diego. Damián la miró mientras saludaba a Diego como se saludan dos viejos amigos después de meses sin verse, o dos pelotudos salidos del colegio en La Plata.
    Carla luego miró a Damián y asentía mientras Diego le hablaba al oído derecho y Estrella le acariciaba el «muñequito insaciable de flujo femenino», textual de Diego en varias ocasiones. «Si la tía Fernanda se enterara de lo que hace mi tío cuando va a los cumpleaños de los sobrinos le daría de comer ese muñequito a los perros de la calle después de cortarlo con un Tramontina oxidado», bromeó para sus adentros revueltos por mariposas sexópatas.
    Finalmente, Carla se acercó a Damián y le susurró al oído muy tiernamente: «Esta noche te voy a hacer ver las estrellas. No podrás caminar por una semana, virgencito.»
    El virgen abrió los ojos de par en par, querían huir de sus orbitas.
5
    Carla llevó a Damián al pasillo de oscuridad infinitamente orgásmica, que no era tan oscuro al fin y al cabo, y lo hizo entrar a uno de los cuartos que daban al pasillo del sexo de quince minutos. A lo lejos, Diego observaba la escena abrazado a Estrella y José bailaba con su morocha ahora al son de cumbia mexicana. Damián entró en la habitación.
    Había una cama de plaza y media, una mesita de noche en el lado derecho y un enorme espejo en el techo. Era demasiado lujoso para el bar en sí mismo, contrastaba demasiado. «Debe ser vip», pensó Damián. A su derecha había un armario y Carla se dirigió hasta allí. La luz era igual de débil que fuera de la pieza, pero veía muy bien a esa altura ya que se había acostumbrado.
    —No te quedes parado. Sacate la ropa, nene —le dijo ella al tiempo que se quitaba la camiseta transparente y luego la pollera. Damián debía admitir que Carla era muy hermosa para ser parte de la Legión de Putas de El Peligro, Capital Nacional del Cabaret.
    Por un instante, a Damián, lo azotó la vergüenza pero al final se bajó la bermuda y se quitó el calzoncillo. Se dejó la remera puesta. Su pene estaba decaído (fofo), producto del miedo que le generaba el momento. Ella le señaló la cama y él se echó boca arriba sobre la misma. Con Damiancito mirando al cielo y un poco relajado.
    Carla se subió a la cama, se arrodilló al lado de Damiancito y le colocó un forro con delicadeza. Llevó su boca al pene caiducho y comenzó a chupar, adelante y atrás, adelante y atrás, para meterle el forro con los labios. A Damián le temblaba las piernas y hacia fuerza rogando que Damiancito se parara del todo. Apretaba las nalgas (fruncía el culo) pero nada. Su fiel amiguito se dormía en los laureles. Le tocó una goma a Carla, de paso para sentir el tacto de una teta, era suave y pequeña, nada de otro mundo, pero nada, el loquito no respondía al estímulo.
    Carla aumentó la velocidad del pete, comenzó a rozar con sus dientes al pene (que le generaba dolor en la cabeza de Damiancito, casi ardor) pero no había caso. Se detuvo, miró a Damián y le preguntó:
    —¿Acaso ya acabaste?
    —No —respondió Damián con la voz temblorosa por el esfuerzo sobrehumano por despertar a su eterno compañerito.
    Carla le quitó el preservativo a Damiancito con aires de decepción y Damián comenzó a jalarlo por sí mismo, se miró al techo y se vio a sí mismo tocándose nuevamente, sobresaltaba el monte de pendejos. Carla dejó el forro dentro de una bolsita y sacó un segundo para intentarlo una vez más. Damián pensaba en muchas cosas pero no en garchar, pensaba en Estefanía y en lo mucho que la amaba, pensaba en las veces que tenía que resistir para mantener a Damiancito dormido mientras Estefi lo abrazaba y apoyaba sus firmes tetas contra su pecho, y ahora que tenía a una mina casi del todo en bolas, el muy puto no quería reaccionar. Mala leche, desgracia orgásmica.
    Último intento, Carla volvió a ejercer el mismo acto, Damián hacía fuerza con cuerpo y alma y leche acumulada. Nada, Damiancito había sucumbido en los campos del placer. Se había dormido.
6
    —Vestite —le ordenó Carla mientras se ponía su camisa transparente sin manga con bastante violencia. Damián hizo caso. Se sentía frustrado.
    Su primera vez se vio destruida porque su verga no dio respuestas a los estímulos de una loca infartante.
    Damián dejó caer una lágrima en honor al caído sin haber luchado.
    Salió de la pieza para zambullirse en la oscuridad infinitamente orgásmica del pasillo del sexo de quince minutos; tras él, Carla cerraba la puerta. Al final del pasillo lo esperaba Diego y José. Damián casi dejó caer otra lágrima pero la contuvo.
    Diego lo miró y vio preocupación en su cara, supo que algo andaba mal, sólo había estado siete minutos en la pieza.
7
    —Así que no se te paró, Damián —dijo José después de escuchar el relato de su hermano sobre los hechos.
    —No —contestó Damián un poco sorprendido, creía que se burlarían de él cuando hubiera terminado de contar los sucesos pero no fue así.
    —Entonces la próxima vez tendremos que darle al viagra, un cuarto de pastilla pa´ que no duela la pija ya que sos joven, Dami —le dijo Diego mientras arrancaba el coche y reía.
    —Ya habrá otra oportunidad —lo alentó José y le palmeó el hombro.
    —Eso espero —susurró Damián mientras miraba como el cabaret se perdía en la distancia, en el horizonte. Y la luz del crepúsculo era más intensa.
8
    Durante esa mañana, Damián se despertó con su amiguito al palo. Había soñado con Carla. Tuvo que descargar a Damiancito a mano en el baño, una vez más. Lloró de bronca.

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