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martes, 8 de enero de 2013

Miedo al sapo

Introducción: este relato surgió después de una mala experiencia con un sapo. No me estaba cagando, pero sí meando, así que me dirigí al baño como siempre (y como creo que hace todo el mundo), abrí la puerta y, cuando me estaba bajando la bragueta y me acercaba al inodoro, vi que había un sapo en el borde del mismo. Me pegué un cagazo de la puta madre. Salí del baño y llamé a mi hermano menor para que sacara al animal de allí. El sapo saltó del inodoro, estaba todo embadurnado de mierda. La teoría de mi viejo es que los  sapos (eso pasó dos veces, la segunda: mientras mi hermano se bañaba vio cómo otro sapo salía del inodoro y se posaba en la plataforma del mismo, es un inodoro un poco raro) se meten por el hoyo del pozo séptico y, como está muy lleno, nadan entre la mierda hasta llegar al caño que da al inodoro. Menos mal que ya no vivo ahí y donde estoy me encuentro a dos pisos del suelo. Para ser un poco más sensato, creo que en realidad son ranas pero no me voy a poner a limpiarles el sorete de la piel para ver si la tienen lisa o rugosa.


   El sol estaba calentando el mundo en la plenitud de la tarde y a él le dolía la panza. Había comido muchos chocolates durante la mañana y ahora estaba a punto de reventar. De tanto dolor que sentía cerró sus ojos y buscó la manera de relajarse.
   Necesitaba ir al baño lo antes posible, pero no allí, no en esa casa. Lo que había dentro del inodoro no le permitía ni acercarse a tomar el rollo de papel higiénico: el sapo todavía flotaba en la superficie del agua panza arriba y, si tiraba la cadena, podría tapar el inodoro y no podía correr ese riesgo, el hijo de puta era enorme.
   Aún le dolía el estómago. Y temía a esos bichos, vivos o muertos. ¿Cómo había llegado un sapo a su inodoro? No lo sabía, pero había sido un sapo muy boludo porque se había ahogado. Por desgracia estaba solo en la casa, mamá estaba en el trabajo. Faltaban tres horas, más o menos, para que ella llegara y le sacase el animalito del Trono de los Pensamientos. Pero necesitaba cagar ahora. Miró a través de la ventana directo al campo.
    —No, no pienso echarme un cago atrás de un árbol. No me voy a limpiar el culo con pasto. Ni que fuera vegetariano.
   ¿Entonces tu culo come carne? Que mal habla eso de vos.
   Negó con un gesto de cabeza. Qué zorra era la mente humana. A veces pensar no era bueno. Un fuerte dolor en el vientre, como si lo estuviesen cagando a patadas desde el estómago (no como le pasa a las embarazadas, ellas tienen a los bebés en otro lado), le recordó que le estaban golpeando la puerta de atrás por dentro. Miró en el horizonte y vio la casa de su amiga. Sí, ella lo dejaría pasar al baño.
   Volvió a recordar el sapo con la panza blanca inflada y apuntando hacia él; esa pequeña y horrible mueca que formaba con esos labios tan definidos; las patitas abiertas a los lados, y ese horrible orificio que debiera ser por donde garcaban. Sintió asco.
   Cerró sus piernas, se agachó, respiró hondo y, cuando se hubo calmado, comenzó su travesía a la casa de su amiga y vecina del alma (o viceversa).
   Cruzó la calle y saltó el alambrado. Empezó a correr sin parar. Cuanto más cerca veía la casa de su amiga más fuerza debía hacer para no cagarse (lo que sucedía cuando a uno lo afectaba la ansiedad). No vivía lejos, pero con esa desesperación por sentarse en el trono y abrirse de piernas, cien metros parecían diez kilómetros.
   Conocía a su vecina desde la primaria y eran muy buenos amigos. Sus padres tampoco casi nunca estaban en casa durante todo el día. Como los padres de él, los de ella trabajaban hasta tarde para llevar la comida al hogar. Así era la vida del pobre. Siempre se había llevado bien con su amiga y se confiaban casi todos sus secretos. Durante gran parte de su vida, él nunca había mostrado otro interés que no fuese amistad, pero el desarrollo de la adolescencia había cambiado los planes: a su amiga le habían crecido los pechos y se le había redondeado y crecido el culo de una manera casi exagerada. Más de una noche le había dedicado una bajo las sábanas.
   —¿Y qué mierda voy a hacer si me llena los huevos cada vez que la veo? —se quejó mirando al cielo.
   Debía hacer cada vez más fuerza para que nada saliera de su ano, pero también comenzaba a sentir una erección que no podría parar si no pensaba en algo feo. Basta de amiga, che.
   Pensó en un perro, se lo terminaba empernando. Pensó en los zombies de The Walking Dead, entonces acababa practicando la necrofilia. Pensó en el sapo, casi todo regresó a la normalidad. Su pene se cayó como si le hubiesen dado una mala noticia luego de jugar todo el día.
   Se detuvo frente a la puerta. Esperó unos segundos para recuperar el aire y luego llamó con tres golpes fuertes. Silencio. Esperó otros segundos, muchos. Golpeó nuevamente. Silencio otra vez. Esperó un minuto más. Estaba dispuesto a golpear por última vez resignado a cagarse encima cuando oyó la voz de ella al otro lado. Se la oía agitada, o cansada.
   —¿Quién es? —preguntó.
   —Soy yo, tu amigo del alma. —Necesitaba con suma urgencia su baño y no podía decírselo porque, aunque había pensado en hacerlo, sentía vergüenza.
   Ella abrió la puerta. Sus mejillas estaban ruborizadas, por no decir al rojo vivo.
   —¿Estás bien? —preguntó él—. Parecés como si tuvieras fiebre.
   —Sí —contestó ella—. El que no parece estar bien sos vos.
   —No, solo estoy un poco cansado de tanto ir y venir. ¿Puedo pasar?
   Ella dudó por un momento pero no podía decirle que no. Lo invitó a entrar.
   —¿Querés unos mates? —le ofreció.
   —Dale, te agradezco.
   Ella fue a la cocina.
   —¿Puedo pasar al baño? —preguntó intentando no parecer muy desesperado.
   —Claro, pasá nomás.
   Entró al baño. Se bajó los pantalones y dejó que todo fluyera como Dios manda: sin obstáculos ni complicaciones. Por momentos detenía el chorro para evitar hacer cualquier sonido si el caudal se iba al carajo y aumentara la presión acabando en un pedo muy sonoro. Abrió la ventanita para que saliera el olor y agitó sus manos para dispersarlo por todo el cuartito. Hizo ese ritual por varios minutos.
   Un rato después se sentía como un hombre nuevo. Tiró la cadena y salió del baño con una sonrisa de oreja a oreja. Se sentó a la mesa y observó a su amiga preparar un mate. Le divisó el escote y la excitación volvió hacia él una vez más. Comenzaba a sentir la presión en su pantalón.
   Se cruzó de piernas.
   La miró a los ojos. Parecía avergonzada.
   —¿Te pasa algo, amiga?
   —No, nada. —Le ofreció un mate a su invitado, le temblaban las manos y casi dejó caer una buena cantidad del líquido que al final se mantuvo en el recipiente. Él lo aceptó sin prestarle atención a ese mínimo detalle. 
   La excitación que el muchacho sentía era demasiado intensa y no lo dejaba pensar con claridad. Le volvió a mirar el escote y notó la respiración agitada de su amiga en sus bochas. El mate se le cayó al suelo.
   —Disculpame —se excusó. Se agachó para agarrar el mate y no pudo evitar pegarle una ojeada a la parte de abajo.
   Ella llevaba una pollera negra demasiado corta. Su vista recorría dos piernas blancas a una velocidad que le permitía imaginarse las mejores fantasías adolescentes. Avanzó hasta el punto donde se unían, el dulce punto del placer. Estaba transpirando. Le miró la bombacha rosada y el calor le subió hasta las nubes. El cielo parecía un infierno.
   El aire estaba cálido allí dentro, en el comedor de la casa de la vecina. El salvajismo estaba a flor de piel y la excitación impregnaba todo el lugar. Él se levantó y dejó al descubierto su fogosidad para que ella lo viera.
   —Estuve practicando —comentó ella mientras le fichaba el bulto—. Quiero tener un orgasmo.
   Se subió a la mesa y se acercó a él gateando y ronroneando, mientras sus pechos intentaban zafarse de la prisión del escote de su musculosa. Luego se arrodilló y se arrojó sobre su víctima sexual como si fuese una leona. Le tomó las manos y extendió sus brazos a los lados. Comenzó a recorrer el cuerpo de su amigo hacia abajo: primero el cuello, un beso, luego el pecho, una lamida cálida, luego la panza, un chupón. 
   Una fuerte sensación atrapó al muchacho comenzando desde el estómago, donde yacían las mariposas, hasta la garganta. Se zafó de las manos de la muchacha, le agarró la musculosa y se la desgarró como si fuese un depredador atrapando a su presa; sus tetas eran libres al fin. Comenzó a besarle el cuello y luego bajó lentamente hasta el pecho. 
   Ella gemía mientras le quitaba a él los pantalones con bastante torpeza. Le quemaba todo el cuerpo. La fricción entre las pieles generaban el fuego de la pasión y de la calentura acumulada. Él le chupó los pezones y luego le sujetó las nalgas con sus manos, el culo era firme y redondito, como siempre se lo había imaginado. La desnudo por completo y luego la penetró con falsa delicadeza.
   Ella llevó sus manos al trasero de su amigo y le presionó los cachetes peludos. Él movió su pelvis hacia delante y la penetró un poco más. Ella profirió un gritito casi ahogado mientras le seguía manoseando el culo: arrastró su mano derecha hasta la zanja peluda y metió el dedo índice en el hoyo. 
   Él gritó y se sacó el dedo del orto; para vengarse la dio vuelta, la aferró por la cintura, la apoyó contra él y se dispuso a hacerle el ojete pero ella se alejó un poco. No, no quería que le hicieran el totó... todavía.
   Todo sucedía tan rápido que no se habían dado cuenta que habían cedido a sus respectivos deseos, esos que habían reinado sobre los sueños húmedos por demasiado tiempo.
   —Te la voy a chupar toda —dijo ella para compensarlo por el tema del culo, luego se mordió los labios, se arrodilló y... a lo dicho...

   Abrió sus ojos. Se puso los guantes de goma, metió la mano en el inodoro y sujetó el sapo por una de sus patitas traseras. Lo sacó de ahí y lo arrojó al campo. Se quitó los guantes y se sentó sobre el inodoro con toda la tranquilidad del mundo. El chorro de diárrea salió de su agujero con una presión que salpicó la pared del trono con sorete y de agua sus cachetes peludos, más un poco de caca. Se sentía el rey del mundo.
   —Mierda, no me quiero imaginar lo que me habría pasado si le hubiera tenido miedo a los sapos. Seguro que ahora me estaría cagando encima.

   «A veces es mejor tener miedos.»



lunes, 7 de enero de 2013

251: son palabras


    Y es que no lo puedo evitar, ya no: hay un «Te amo» que quema mi interior y se rehúsa a ser pronunciado por mis labios cuando estás frente a mí. Este es el momento para decírtelo y desahogar mis sentimientos que se mueren en el reino del tiempo perdido. Es hermoso observar tus ojos bonitos mientras te hablo, siento que podría superar todas las eternidades en esta situación.
    Vamos, tomá mi mano que quiero mostrarte lo que tengo para darte. Prometo que te dejaré ir cuando termine. No, no me pongas esa cara o no sé cómo continuaré. Hay una canción dentro de mi cabeza que no deja de sonar. Hay un sueño que no deja de dormir. Y vos estás junto a mí, hasta el fin de los tiempos.
    Si hay una cosa que no soy es poeta pero, a veces, siento que encuentro las palabras correctas para hablarte, aunque debo admitir que necesito un poco de ayuda.
    Quien hoy te habla es mi corazón, no lo puedo controlar. Él te quiere y no se detendrá hasta tocar tu alma; él no quiere tu libertad, prefiere esta prisión en la que muere con la esperanza de que algún día tendrá tu amor. Él quiere dejar en tu alma su huella por siempre. La pasión que lo hace latir parece menguar con el paso de los días.
    Hoy te dije tan poco. No sé qué va a pasar mañana.
    Solo sé que debería dejar de tomar vino en el desayuno.

domingo, 7 de octubre de 2012

Eterno sueño de un amor olvidado (Versión poema)


Eterno sueño de un amor olvidado (Versión poema)

   Este es el producto de un enorme pero hermoso esfuerzo por revivir un relato que debió ser poema desde un principio. El relato original está dirigido a una persona que nunca supo apreciar (o amar) lo que le ofrecía. El relato a mí me gusta demasiado. Por esa razón decidí revivirlo en un intento por hacerlo poema. Es una historia con demasiados desvaríos, al menos yo la entiendo. Queda a tu criterio darle la sentencia final. Nadie revisó el poema, sepan que no soy bueno para esto pero lo hago de corazón (gracias a El Edén por quitarme el miedo a escribir poesía, o al menos intentarlo)...

Versión poema de "Eterno sueño de un amor olvidado"

I
Te encontré en un mundo
sumergido en ilusiones del olvido,
en fantasías perdidas.
Allí los sueños no existían.
Ese mundo era el Sueño.

Tú eras la reina de ese mundo
gobernado por la imaginación.
De pie sobre los cimientos del fin,
sobre pensamientos e ideales,
donde morían los fracasos humanos,
mirabas al suelo con una lágrima en tus manos.

II
Altanera tu belleza
olvidada por los hombres,
reyes de la codicia.
Te vi y me enamoré.

Miles de palabras flotaban,
sin significado vivían.
La brisa mi tristeza se llevaba,
en la oscuridad acabaría.

Tú a mi lado,
generabas una certeza:
las penas no volverían
por el resto de mis días.

III
Tus ojos, negros y profundos,
ventanas de la felicidad.
Tu corazón, motor del mundo.
Tu amor, fuente de la eternidad.

Tu amor, sincero.
Tu amor, rey de la humanidad.
Sobre las ruinas del ser humano
en la historia aseguramos
la destrucción de la verdad.

La historia tiene un final.
Nada existe por siempre.
Solo tu belleza es eterna.
Solo tus caricias son infinitas.

IV
Tus besos no olvido,
tu mirada aún veo.
En ese mundo perdido,
te pedí un deseo:
morir a tu lado
como un loco enamorado.

V
En el aire está tu sonrisa,
me observa solo a mí.
Me tocas con tu brisa
en ese mundo soy feliz.

Algún día volveré
y como un hombre te amaré.
Es lo que quieres,
es lo que anhelo.
Eres la reina
de mis noches en desvelo.

FINAL
Este poema es para ella,
de mis fantasías es la estrella.
No existen palabras ni doncella
que se comparen con su belleza.



...fin de otra locura.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Recuerdos e imaginaciones

Antes de comenzar a leer: este es uno de esos relatos que escribo en momentos raros, por decirlo de alguna manera, en mi vida. A veces cuesta entenderlos y pocas veces se es capaz de llegar hasta el final por lo denso de sus palabras. Yo lo veo como un relato un poco pesado y carente de agilidad en su lectura. Pero, como la mayoría de lo que escribo, termino por volcarlo en el blog y que sea lo que deba ser. Al fin y al cabo, tuve que invertir tiempo en su escritura.
No sé en qué estaba pensando cuando lo escribí, digamos que me tocó un fin de semana largo sin televisión ni internet en la casa de mi tía mientras ella disfrutaba de la Semana Santa en la playa de un lugar que no conozco ni me interesa conocer. 

Una vez más: que sea lo que deba ser...



Recuerdos e imaginaciones


Imagen tomada de aquí.


1
    Las historias de amor en las novelas baratas de puestos de diarios y en las telenovelas de la tarde siempre son perfectas. «Romeo y Julieta», por ejemplo, es magnifica, una historia donde el amor es el único protagonista; impecable, una obra maestra de todos los tiempos, pero irreal.
   Me pregunto por qué será que leo demasiado; creo que la respuesta es sencilla: necesito huir de la realidad y de los peligros que esta representa por no contener esas historias perfectas, historias donde los malos son verdaderamente malos y los buenos muy bondadosos a los que todos los lectores o, en caso del cine y televisión, idiotas, aprecian más que a sus propias vidas.
   Mis historias no logran la perfección y no pretenden alcanzarla, se conforman con estar ahí, en unas hojas esperando a que alguien les dé vida con su lectura. Si fueran perfectas nadie creería sus palabras, como en «Romeo y Julieta», es tan perfecta que todos llegamos a deducir que tal amor jamás existirá en nuestro mundo inerte, y eso es algo que tuve que aprender para seguir adelante. Estoy seguro que pocos creen en mis palabras y no me importa, hace tiempo que he dejado de ser el escritor que conocieron, ese ser romántico que llegó a enamorar a las adolescentes de toda la ciudad con sus palabras.
   Es hora de contar una historia en la que soy protagonista, no creo que sea el héroe que todos buscan ni es la historia modelo que muchos anhelan leer. Es solo una lágrima de desahogo donde las esperanzas no existen y el amor es solo un concepto que los hipócritas utilizan para sobrevivir en un mundo sin sentido ni razón pero también es el motor que necesitamos para creer que hay algo más allá de todo, nuestro motor de todos los días. En esta historia tuve que creer en lo que veía y sentía y abrir los ojos para renovar mis esperanzas. Estas palabras son mi única salida para regresar al pasado por última vez.

   Mi nombre es Santiago Alvear, como muchos ya sabrán, un escritor novato pero reconocido, y les voy a relatar un episodio inolvidable en mi vida, un momento en el que ya no creía en el amor y en la felicidad eterna. Les voy a contar cómo llegué a convertirme en este escritor sin futuro ni planes de vida. Solo me conformo con vivir en mis historias, allí me siento seguro pues soy el dios que crea y destruye a su voluntad su mundo de fantasías, como el Dios al que los cristianos adoramos. Hoy necesito volver a mi pasado y el mejor método para hacerlo es escribiendo mientras mi mente se adentra en las palabras y vuelvo a encontrarme con ella, un viejo amor si no el único en toda mi existencia.

martes, 4 de septiembre de 2012

Cuenta Regresiva

   Este es uno de esos relatos que ni siquiera llego a comprender una vez leídos después de un tiempo de haberlos escritos. Viene por el lado de lo que sentía al escribirlos. Por lo tanto, no me siento yo mismo al editarlo o hacerle algo, sin embargo, es uno de los que tienen la oportunidad de ser leído por alguien. No es de mis favoritos, sin dudas. 



    A veces voy a veces vengo. Muchas veces ni yo me entiendo.
    El mundo que gira a mi alrededor rara vez se encuentra en sincronía con mi locura. Es el mismo mundo que cada día se aleja más de mí, expulsando al paraíso de la Eternidad.

    Se hallaba al borde del precipicio al tiempo que su cuerpo se debatía con su mente: uno deseaba morir, el otro anhelaba vivir. El sol asomaba en el horizonte mientras bañaba con su calor naranja los ojos del cobarde que temía a la vida.
   Dio un paso adelante y se detuvo cuando no hubo más suelo para pisar. Una piedra se desprendió del borde y cayó inerte al abismo, donde la oscuridad aún reinaba. No hubo sonido, no hubo quejas, solo un silencio que se expandía hasta el final del paisaje.
   Levantó su mirada para observar un nuevo amanecer, todos los días parecían iguales pero no lo eran: siempre existía una variable capaz de alterar hasta la más poderosa constante del tiempo. Dentro de sí, en su corazón, sabía que no habría más oportunidades para cambiar las líneas que lo gobernaban mientras se dejaba existir a través de la Cuenta Regresiva.

   Me cansé de estar aquí cuando en realidad pertenecía a otro sitio. Me cansé de acercarme a ella aun cuando sabía que le correspondía a otro hombre. Quise entregar mi alma a cambio de un beso pero su valor era incalculable para un momento tan efímero de los labios de una mujer.
   No supe encontrar las palabras adecuadas para hablarle y me conformé con el silencio que brotaban de mis ojos. Solo ellos pudieron decirle lo que sentía por ella dibujando las letras con lágrimas secas.
   Me cansé de vivir una vida oscura como el interior de un corazón vacío. Me cansé de regalar mis ilusiones a la humillación de amar a escondidas. Hoy es el día en el que mi vida completa su círculo.

   Pensaba en lo que había hecho; ¿había sido suficiente como para satisfacer su hambre de materializar sus ilusiones o demasiado poco como para desvanecer sus esperanzas? No sabía la respuesta y dudaba si necesitaba de alguna respuesta. Las cartas estaban echadas: la Reina se encontraba sobre la mesa dirigiendo su mirada hacia él; los ojos de ese hombre se inundaban de lágrimas.
   No sabía con certeza las consecuencias de su error. Ahora solo la altura que lo separaba de la muerte podría purificar su corazón y devolverle la vida que había perdido tiempo atrás, cuando las esperanzas eran el motor de las ilusiones y las ilusiones eran las detonadoras de la depresión.
   Extendió sus manos a los lados y se dejó acariciar por una joven brisa del paisaje. No sonrió, no había necesidad de hacerlo. El reloj seguía marchando, o tal vez ya se había detenido. No lo sabía.

   Hoy iré a su casa y le diré todo lo que siento por ella. No usaré palabras extrañas ni daré vueltas como lo hace ella alrededor de mi corazón. No tengo nada más que pueda perder. La victoria no es más que una mera utopía: sería más fácil tocar el cielo que rozar sus labios. Sería más fácil, de eso no hay dudas.
   Ella es fácil, para otros. No me deja demostrarle mi amor. Solo eso sé hoy. Mañana será otro día.
   Es el momento de continuar. La vida es un conjunto de sucesos que se ensamblan en el transcurso del tiempo para construir el camino hacia nuestro único final seguro: la muerte. La vida es lo único verdaderamente valioso que no sabemos apreciar.

   Bajó sus manos y se las miró. Todavía había sangre de ella y de sus padres. No había podido resistir la negativa de la única mujer que había amado y aún amaba. No había podido resistir el poder del rechazo y la locura había absorbido su amor sediento de pasión.
   La pasión, veneno de la piel, se expresó en todo su esplendor cuando la sangre comenzaba a emanar de las heridas que crecían cuando la cuchilla continuaba su desgarrador trayecto dejando al descubierto los órganos del cuerpo de la víctima. La pasión era de color escarlata. El rostro del asesino estaba salpicado de muerte, de una cruel y tibia muerte.
   Todo era parte de un recuerdo borroso, cubierto de una niebla hipócrita de la inocencia de los culpables. Él sabía que no quedaba nada que lo arrastrase hacia la salvación. Se puso de puntas de pies y se inclinó hacia delante. No había familia (habían muerto en un accidente de tránsito hacia una década), no había amigos, no había tíos ni abuelos ni primos ni un conocido que llegase a extrañarlo algún día. No había nadie que se percatase de su ausencia en el mundo que estaba por venir y él no vería jamás.
   Se lanzó al vacío, dejó que la gravedad hiciera el resto del trabajo pero alguien lo interrumpió tomándolo de la cintura y deteniendo la inminente caída hacia el final apaciguador.
   —Es el momento de que pagues por lo que has hecho —dijo una voz masculina en un tono muy severo—. Algo peor que la muerte de quienes la desean es vivir la vida que desprecian. Tu castigo por matar será vivir para que sientas a tu cuerpo envejecer y debilitarse. El tiempo será tu cruel torturador y te destrozará lentamente hasta que dentro de tu cabeza comprendas que pudiste haber tomado otra elección. Te acabará y apuñalará con cada uno de sus segundos, oirás el verdadero poder del reloj. Oirás el susurro de la muerte a cada minuto.
   —Ella está muerta, soy el culpable y me merezco el peor de los castigos. Quiero volver a verla—dijo él mientras miraba el oscuro abismo extenderse ante sus ojos. Quien lo tenía tomado era alguien con demasiada fuerza pero no le importaba. Nada le interesaba.
   —Volverás a verla, pero eso sucederá cuando hayas pagado el precio de tres vidas con tu propia sangre. Eso tal vez nunca ocurra; como te he dicho: solo el tiempo sabe lo que pasará cuando tus ojos no puedan ver lo que hay en el horizonte. Disfruta este amanecer porque será el último que verás.
   El hombre le tapó sus ojos y luego lo sumió en una profunda oscuridad, procurando que él no vuelva a ver jamás la luz. Ese fue su castigo por entregarse al amor, el indomable de los corazones débiles y mentes corruptas de una vida frágil.