Mi lista de blogs

domingo, 8 de enero de 2012

Apertura de Medianoche

Los personajes y las situaciones narradas son ficticios. Lenguaje "fuerte".
En ningún momento intento ofender a nadie, si alguna vez alguien vivió algo similar, es pura coincidencia. 


1
    El ruido a cumbia invadía los alrededores del boliche Medianoche. Eran alrededor de las once de la noche y la música sonaba a todo trapo. Los malditos Wachiturros se oían hasta el otro lado de la autopista, seguidos por extrañas mezclas de sonidos que solo los adolescentes entendían, inundaban los sueños de los pocos vecinos de Medianoche, el nuevo boliche de El Pato, una localidad al sur de Berazategui.
    Damián iba en el auto de su hermano José a la apertura del nuevo local pub para gente a la que le gusta emborracharse hasta el amanecer o terminar tirados en una zanja, lo que sucediera primero. Habían pasado poco más de dos años de esa noche en que su tío lo llevó al cabaret para que la pusiera por primera vez en su vida. Pero la noche del debutante no había sido del todo como lo esperaba el hermano de su madre, su amiguito le había jugado una mala pasada. Luego de esa noche su autoestima había bajado hasta rozar el suelo y reventar hormigueros, no quería saber nada sobre verle la cara a dios. Su tío Diego había intentado llevarlo un par de veces más hacia el sexo seguro (no higiénico) pero Damián se rehusaba a entrar de nuevo a uno de esos antros, hasta que su tío al final desistió. Y no pudo ponerla. Terminó el secundario hacía unas semanas atrás, con buenas notas, y se preparaba para comenzar la facultad en la ciudad de La Plata. Enero parecía ser el mes en el que todo su futuro se vería alterado luego de una extraña noche en la que todo sería posible. Esta noche de apertura hacia una nueva vida repleta de emociones absurdas y sin sentidos, como lo es vivir sin un motivo para hacerlo.
    José estacionó el auto a unos treinta metros de la entrada del boliche. El edificio era bastante grande, mucho más de lo que era su competencia, que parecía una caja de zapatos con dos tablones a media altura que se hacía llamar «Zona VIP» y una botella de cerveza de litro valía cincuenta pesos. Damián caminaba al lado de su hermano sin mediar palabras. Estaba allí solo porque se lo había pedido Estefanía, aún la amaba pero no se animaba a declarárselo. Los miedos son más fuerte que los deseos en situaciones donde el silencio reina sobre la voluntad. Y creía que bajo el efecto de unas copas de alcohol tal vez pudiera contarle todos sus sentimientos y abrir su corazón al menos por un rato. Y debía ser rápido, porque a partir de allí sus caminos tomarían rumbos distintos.
    —Che, Dami, ¿estás bien? Te veo muy callado —observó su hermano.
    —Eh, sí. Solo que estoy un poco cansado.
    —Cansado, ¿de qué, si no hacés una mierda en todo el día?
    —Andá a cagar, José.
    —Más tarde, antes dejame buscar un par de gatos en este boliche para echarme otro par de polvos después y al final sí: un cago con todas las letras, como se lo merece —comentó José con una mirada risueña hacia ningún sitio en particular.
    —Está bien, hermano, pero no te olvides de mí. Que no sea como la noche de egresados, cuando te olvidaste de mí y tuve que dormir en la plaza de Olmos, boludo. Tres días en cama por gripe estuve.
    —Ah, no sé. Vos elegiste venir aquí, así que bancatela toda la noche. Y no te voy a olvidar de nuevo, despreocupate. —José se detuvo en seco, pareció pensar profundamente y, luego, tomó del hombro a su hermano menor—. Escuchame, Damián, esto te lo digo por tu bien, hace rato que debí hacerlo y creo que es la hora de que abras tu mente privada: tenés que ser más dado en la vida, sos un pibe muy callado y así te van a pasar por arriba. Sé más osado y lograrás tus objetivos. Dejate de joder con eso de querer ser un «señorito» si todavía no sos un hombre. A mí me importa tres carajos que seas el orgullo de mamá pero así no la vas a poner nunca y se te va a pudrir el pito. ¿Es eso lo que querés? ¿Querés estar solo el resto de tu vida?
    Damián negó con un movimiento de cabeza.
    —Lo sabía. Mirá allá —dijo José señalando frente a la entrada del boliche a un grupo de cinco mujeres a punto de atravesar la puerta hablando con el único patovica que había allí, un tipo muy alto y extremadamente musculoso, producto de uno que otro anabólico—, esas minas vienen a buscar joda, pitos y mucho alcohol. Y vos podés darle las tres cosas. Tomá, te doy doscientos pesos, quiero que los inviertas bien.
    —Pero, José...
    —Pero, José, nada. Agarrá la plata. Mirá lo que son esos gatitos. Apenas rozan la mayoría de edad y tienen más polvo encima que nuestras dos abuelas juntas. Ahí la ponés seguro, que no te quepan dudas. Oh, sí, cómo me encantan. Vamos, Dami, entremos de una vez por todas.
    Damián echó una mirada distraída a la autopista y luego siguió los pasos de su hermano. Observó a las chicas y notó que tenían un hermoso culo. Su hermano estaba obsesionado con los culos, decía que le encantaba cuando se lo entregaban. «Hacerlas cagar pa´dentro es lo más hermoso que le puede suceder a un hombre como yo; un hombre delamor, de la morcilla más grande de La Plata», le había dicho en más de una oportunidad mientras jugaban a la Play. Sonrió. Volvió a mirar la autopista, se sentía atraído por algo que allí había, como si una energía lo arrastrara como lo hace un imán con un clavo de acero inoxidable oxidado, mentirosos. Vio a un hombre parado en la banquina que lo observaba y sonreía. Levantó la mano a modo de saludo y Damián hizo lo propio con su mano derecha, su fiel y eterna amante. Ese tipo era raro, sonreía, hasta le brillaba algo sobre su cabeza, pero no le dio importancia, debía ser uno de los tantos locos que habitaban El Pato, casi seguro que no se equivocaba.

2
    Sí que era enorme el club. Y lo parecía mucho más visto desde dentro. La música dejaba un poco que desear a Damián pero era obvio que la cumbia berreta inundaría todo el lugar pero ¿cuál era la necesidad de pasar cien veces la misma canción y que encima sea de Los Wachiturros, esos que ni siquiera se merecen ser mencionados en mayúscula (pero hay que respetar las reglas de la RAE)?
    Damián se perdió al instante, José había tomado rumbos desconocidos y había desaparecido entre la multitud que no dejaba de vibrar al son de la buena música actual, época donde el Facebook lo gobernaba todo y nos comunicábamos con celulares entre nosotros en una misma casa al tiempo que uno estaba echado en la cama mientras el otro se encontraba en el baño escribiendo un Tweet en el cual relataba lo mucho que disfrutaba de un buen cago esperado. Así, todas las virtudes, toda la esencia, todo el respeto, y, sobre todo, toda la inteligencia de una sociedad, se iban por el inodoro hacia el pozo séptico del olvido, y no habría camión atmosférico capaz de recuperar lo perdido nunca. Jamás.
    Se reía, esos pensamientos eran merecedores de un libro que nadie escribiría y que, si alguien lo hacía, jamás se publicaría.
    La luz se apagó de golpe y, al instante, sintió que alguien le tocó el bulto y desapareció entre la multitud apretada entre sí. Ahora las luces eran flashes constantes que hacían que los pasos de bailes de las personas quedaran grabadas en nuestras retinas y parecieran como los movimientos de los robots de las películas de Ciencia Ficción de los ochenta; ¿así se moverán también cuando tienen sexo metálico?, se preguntó. Damián miró al fondo del boliche y vio que no había gente bailando. Decidió caminar hasta allí, pero debía atravesar toda la pista. Para ser casi medianoche, el nuevo bar se encontraba repleto. A su izquierda estaba la barra con decenas de bebidas alcohólicas a merced de los borrachos y de las billeteras de los más boludos calentones que les regalaban toda clase de bebidas a las minas trolas sin recibir nada a cambio. A su derecha, se alzaba un interesante escenario, en el centro del mismo había erguido un caño cromado que anunciaba un show erótico para diversión de muchos. Habían dos bailarinas, una en cada extremo del escenario, con las faldas más cortas del mundo moviendo el culo en una danza macabra de deseos y excitaciones profundas. Esas nalgas aplaudían a sus espectadores, los cuales eran pocos porque las damas llevaban mucha ropa encima, aún.
    Esquivó a varias parejas extasiadas de tanta música y de las primeras gotas de alcohol en sus venas. Al final logró su cometido. El fondo era un lugar muy pacífico, habían muchos asientos alrededor de pequeñas mesitas de vidrio y la mayoría estaban libres. A la izquierda estaban las puertas de los baños, razón por la cual escogió sentarse en el otro extremo. Habían dos mesas ocupadas de unas diez en total, en una había un grupo de amigos adolescentes haciéndose los pelotudos con tragos caros sobre la mesilla mientras en la otra había una pareja llevando a cabo intercambios de saliva, ella le manoseaba el amigo a su novio y este llevaba su mano derecha recorriendo la pierna de la dama hasta los lugares más oscuros de la anatomía femenina. Oscuros pero...
    Damián apoyó su culo en uno de los asientos, uno muy cómodo, como un sillón, y llevó su cabeza contra el respaldo. Miró a toda esa gente y se preguntó qué mierda estaba haciendo en ese lugar. Su vida no le deparaba ese destino final. Cuando pensaba levantarse para salir de allí, se sentía un poco ahogado, su hermano mayor lo encontró.
    —Dale, boludo. Qué fácil te perdiste, che.
    —Hay mucha gente acá dentro.
    —Eh, sí. Tomá, te traje una cerveza, ¿te acordás de la marca? —le preguntó José mientras le  extendía una botella de medio litro a su hermano.
    —Sí, son Budweiser. Cervezas de cabaret.
    —Jaja, claro. Salud, hermano.
    Tomaron un sorbo de considerable contenido. José miró a su hermano.
    —Vamos a levantar minitas.
    Se levantó del asiento y tomó de la mano de su hermano. Damián no tuvo opción, lo siguió.
    —Aún no llega —le comentó a José mientras se dirigían a la pista.
    —No llega, ¿quién?
    —Una chica que me dijo que viniera a conocer el lugar.
    —Ah, yo sabía que algo te traías entre manos. Bien, Dami, te felicito. —Ambos tenían que elevar las voces para ser oídos entre música y murmullos de los demás clientes de Medianoche.
    Se adentraron en la pista con sus respectivas botellas de cerveza.
    De cabaret.

3
    José se acercó a un par de chicas que bailaban juntas, una vestida de rojo y la otra de azul.
    —Yo escojo la de rojo, esta noche me la cojo —dijo José al oído de su hermanito.
    Damián asintió y caminaron rumbo a sendos destinos como dos gladiadores dispuestos a morir en el campo de batalla sin derramar una gota de sudor.
    Eran casi la una de la madrugada y el boliche Medianoche estaba que reventaba de personas: adolescentes y adultos que aún se creían adolescentes, y uno que otro adolescente que se hacía el adulto.
    Damián tomó de las manos a la Chica de azul y la sacó a bailar. En los parlantes sonaba Banda XXI, algo viejito para la época pero que siempre era bienvenido para gusto de los oídos sordos. José agarró de la cintura a la Chica de rojo y la atrajo hacia él y comenzó a bailar de un modo que dejaba al descubierto su experiencia para el cuarteto.
    La mina del vestido azul estaba buena, según los ojos de Damián. Ella llevaba un vestido corto que le dejaba ver el vientre planito y un jean azul oscuro bien ajustado que no dejaba nada de trabajo a la imaginación masculina. Tenía el pelo negro suelto hasta la cintura, abultado en uno de esos extraños peinados; la piel blanca, no lo suficiente para parecer del tono de la nieve pero lo suficiente para decir que no era una de las típicas y hermosas morenas latinas; unos pechos formidables, perfectos, noventa con seguridad; una cinturita de muñequita Barbie; y el culo, era lo mejor: redondito como una mazanita, daban ganas de mordérselo y dejarlo como el logo de Apple. La mina se entusiasmó con la siguiente canción, una de reggaeton de Daddy Yankee y fue allí cuando Damián comenzó a perder el control.
    La chica, se llamaba Tamara y era todo lo que había cruzado de palabras con Damián, ya estaba medio borracha, tal vez había tenido la previa en la casa de alguna amiguita loca, amante del miembro masculino y de los tratamientos faciales  con no-cremas-que-vende-Avon, pero a Damián no le importaba nada, salvo el tratamiento de su amiga que, si de verdad era real, hubiera estado bueno conocerla.
    Tamara se puso de espaldas y apoyó su culo en Damiancito, comenzó a mover su atributo espectacular a un lado y luego al otro, para abajo y para arriba. Cuando subía era una cosa muy hermosa, Damián se imaginó metiendo su cara en ese culo desnudo y sacudir su rostro hasta que le ardiera su nariz de tanta fricción. Su compañerito fiel comenzaba a ponerse duro, pero debía resistir con todas sus fuerzas. Por suerte, llevaba encima un calzoncillo que le apretaba lo suficiente para lograr mantener a Damiancito bajo control por un buen rato. Tamara se dio media vuelta y lo tomó con sus manos del hombro de su compañero ausente de baile y comenzó a bajarlos recorriendo el cuerpo del muchacho de un modo muy sensual. El escote de ella también dejaba poco laburo a la imaginación. Damián miró a un costado y vio a su hermano con la Chica de rojo, en una épica lucha entre lenguas. Una de sus manos estaba apoyada en el culo de la chica. Sintió presión en Damiancito y bajó la mirada. La mano derecha de Tamara estaba apretándole a su amiguito mientras ella se remojaba los labios con la lengua lenta y sensualmente y su mirada ardía de deseos fogosos. Le guiñó un ojo y le sonrió.
    —Con... con permiso, Tamara —dijo a los gritos y los ojos inyectados en sangre; a diferencia del protagonista vampiro de Crepúsculo, Damián sí tenía presión sanguínea y sí se le paraba y, por lo tanto, sí podría dejar embarazada a una mina sin recurrir a un argumento colapsado por sus propias ideas que no pegaran ni con La Gotita.
    —¿Qué hacés? —le preguntó ella con el ceño fruncido.
    —Voy al baño... y... ya vuelvo.
    —¿Sos marica? —preguntó ella, pero Damián no la oyó. Se encontraba camino al baño.


4
    Damián entró a uno de los servicios individuales y cerró la puerta. Se bajó la bragueta y dejó que Damiancito vomitara todos sus sentimientos en el inodoro. Sus ganas de mear eran tan fuerte que le ardía la punta del pito. Miró al techo y sonrió. Ya ni se acordaba de Estefanía, en su cabeza danzaba el maravilloso culo de ensueño de Tamara y nada más. También intercambiaba protagonismo con los pechos de la señorita bailarina sexy del siglo XXI. Esperó unos momentos a que Damiancito se calmara un poco y tiró de la cadena. Es increíble, pero los baños de los boliches siempre están repleto de pendejos hablando de cosas desagradables o de alcohol, uno que otro que no logra tener puntería mientras mea, el afortunado que dice que se encontró cien pesos en el suelo del boliche y están los que entran constantemente a mojarse la cabeza debido al gran calor humano que emanan las pistas de baile. Y siempre hay un Damián, ese que observa pero no opina, sonríe cuando lo miran y baja la cabeza cuando alguien se da vuelta con el pito todavía al aire después de orinar.
    Damián se lavó las manos y salió una vez más a la cancha.
   
    Buscó a Tamara por todos lados pero no lograba hallarla. Cuando la vio, esta estaba bailando con un morocho enorme. El chabón la empujó con sus manos en la cintura de ella hasta tocarse frente a frente y le comió la boca de un beso de la puta madre. Luego, le apretó los cachetes del culo con ambas manos. Eso dejó a Damián fuera de combate en el campo de batalla de Tamara, la cual debería de tener una experiencia del carajo en guerras entre dos. Se encogió de hombros y se acercó a la barra.
    —Una cerveza, por favor —le pidió al barman.
    El tipo le alcanzó una Bud bien helada. Cuando se dio media vuelta para volver a sentarse en los cómodos asientos del fondo, una voz femenina lo llamó por su nombre.
    —Damián —dijo la voz a alto volumen—. Al final viniste.
    El aludido supo al instante que la dueña de aquella voz agradable era Estefanía. Giró su cuerpo hacia la izquierda y allí la vio a ella, hermosa, como siempre, solo que ahora parecía una princesa con un vestido blanco raro de hallar en lugares como ese. Su pelo estaba recogido, como siempre, en una cola de caballo, y sus piernas estaban a la vista de cualquier caníbal.
    —Hola, Tefi, estás... estás hermosa, che.
    —Gracias.
    Ella se acercó a él y lo abrazó. Damián se sintió seguro y feliz entre sus brazos, sintió que nada podría destruir ese momento jamás. Eso, señores, eso se llama amor: cuando el enamorado quiere detener el tiempo y pasar la eternidad junto a la mujer de sus sueños.
    —Está lindo el nuevo boliche, ¿eh? —comentó ella.
    —Sí, la verdad que sí. Lindo lugar.
    Damián no podía apartar su vista de los ojos verdes de ella. Cada día estaba más hermosa. Tomó un gran sorbo de su cerveza y le preguntó si quería un trago. Ella aceptó un poco. No entendía cómo mierda es que nunca había sido capaz de decirle todo lo que se merecía. Impulsado por sus deseos y por una buena dosis de alcohol en sangre se dispuso a confesarle todo.
    —Tefi, tengo algo que decirte.
    Ella lo miró y le sonrió. Un hombre se le acercó a y le pidió bailar.
    —No, ahora no —dijo ella—. Estoy charlando con un amigo.
    —Andá, amiga, sé que te gusta bailar. Después podemos hablar, este lugar es una cagada para dialogar.
    Ella se encogió de hombros y accedió al pedido del extraño. Por alguna razón, Damián sintió que lamentaría lo que su cobardía lo había llevado a hacer en ese momento. Bebió de su cerveza y la miró bailar junto al tipo, bien parecido, alto y musculoso, y tenía ojos claros. Qué pelotudo había sido al entregarle a su amada en bandeja de plata.
    Pasaron tres canciones y aún continuaban bailando. Damián iba por su tercera cerveza. Bebía apresurado y su cuerpo comenzaba a tambalearse de a poco. Era evidente que no bebía con frecuencia. El tipo acercó su rostro al de Estefanía y la besó, en la boca.
    Damián dejó caer sus brazos, inertes, y unas lágrimas se filtraron por su fortaleza al ver la escena. Ahora necesitaba escapar de allí, pronto.
    Salió a toda prisa del boliche. El patovica lo miró despectivamente.
    El aire fresco era hermoso. Sus oídos retumbaban al saborear la paz. La música aún se escuchaba pero no era tan intensa como adentro.
    Damián bebió toda su cerveza y miró a la autopista. Caminó hasta allí, solo eran treinta metros.
    El reloj marcaba la una y media de la madrugada. Pocos vehículos transitaban ese camino de asfalto a altas horas donde el sueño gobernaba a gran parte de la población. Damián se sentó en el guardarraíl, estaba frío, en contraste con la noche, y mojado por el rocío, eso no contrastaba con las personas dentro de Medianoche. Miró al cielo y vio las estrellas. Buscó constelaciones por un ratito hasta que se cansó rápido. Ya las conocía a todas, al menos a las del Hemisferio Sur.
    Sentía la paz interior acariciar su alma. Hasta que oyó una voz a su lado y se asustó como nunca en su vida.
    —Hola, Damián.

5
    —Hola, Damián —lo saludó el hombre que estaba sentado al lado derecho de Damián, este nunca lo vio llegar y se llevó el susto de su vida. Algo le brillaba apenas sobre la cabeza.
    —¿Quién es usted y cómo sabe mi nombre? —le preguntó, asustado.
    El extraño le sonrió. Damián había visto esa sonrisa y ese brillo sobre su cabeza antes. Pensó un momento y lo recordó.
    —Usted fue el que me saludó antes de entrar al boliche.
    —Así es. Estoy acá para ayudarte. Es muy difícil explicarte todo así que solo te diré que mi trabajo consiste en darte una mano en tus problemas —explicó el extraño—. Un problema que ahora no es tan grave, en realidad siempre es grave para un adolescente que lo sufre pero no para el resto de la sociedad. Tu problema te puede llevar a una locura grande, podrías matarte y matar a otros, no en ese orden, y no es la idea. Sos un pibe bueno, por eso Dios me mandó a ayudarte a ponerla.
    —¿Dios? Discúlpeme, señor, pero usted está un poco loco —dijo Damián mientras se levantaba de su banco improvisado.
    —No, mirá mi cabeza. Allí hay una aureola que brilla, ahora lo hace poco porque está un poco vieja, ya tiene unos meses de uso. Soy un ángel, un ángel de la guarda y mi misión es proteger y evitar graves accidentes, y vos vas a provocar uno muy grave. Por cierto, mi nombre es Renso, y mis alas no las podés ver por cuestiones de seguridad. —Tendió su mano derecha a Damián. Este no confiaba en el extraño, todo era muy raro, pero le convenía seguir el juego del loco, no sabía si estaba armado o no y no pensaba correr ninguna clase de riesgo.  Le estrechó la mano al extraño, a Renso. A un ángel sin alas o con alas invisibles. ¿Alas del cielo, tal vez?
    —Bien, comencemos desde un principio. Fuiste un boludo al dejar que Estefanía se fuera con el tipo alto. Pero es normal en vos dejar ir a lo que más querés. También es cierto que estás cagado por un elefante y que no podrás ponerla a menos que estés enamorado. Ya lo intentaste en la noche de tu cumpleaños número dieciséis y fallaste, y eso que Carlita estaba más buena que la mierda.
    —¿Cómo carajo sabe todo eso? —preguntó Damián, asombrado.  
    —Información del Jefe, de Dios. Bueno, debemos volver al boliche a terminar con tu amargura y con tu mala racha de goleador —dijo Renso mientras ya caminaba en dirección a Medianoche—. Por cierto, voceame que no soy ningún viejo para que me trates de «usted», pendejo.
    Damián lo siguió. Eso sí que era extraño, pero casi tenía la certeza de que era producto de su imaginación borracha. No hay mal que por bien no venga, pensó sin sentido alguno. ¿Dónde estaba el mal y dónde el bien? No había nada que perder si volvía al boliche.

6
    El patovica no dejaba entrar a Damián de nuevo, negaba haberlo visto allí durante la noche. Parecía decidido a no dejarlo pasar nunca más en su vida.
    —Bien, parece que no entraremos ni en pedo aquí —dijo Damián mirando a Renso.
    —¿A quién le hablás, pibe? —preguntó el patovica.
    —No puede verme —dijo Renso—. Nadie puede verme, salvo vos. A ver, dejame ayudarte.
    Renso se posó detrás del patovica y le tocó el culo. El patova se cruzó de piernas e hizo un gesto muy raro con su cara, presionó sus labios hasta que fueron una línea blanca en su rostro y dio media vuelta como una bailarina de patinaje artístico casi profesional.
    —Con permiso —dijo, y corrió a la parte trasera del boliche a toda velocidad.
    —¿Qué le hiciste? —preguntó Damián.
    —Nada, solo lo ayudé a liberar su tránsito lento. Mañana me lo agradecerá, si supiera que fui yo quien lo ayudó. Ahora sí, entremos que nadie nos lo va a negar.
    Una vez dentro, Renso se movía dejándose llevar por el ritmo de la música. Miraba los culos danzantes en una maravillosa noche sin final. Damián se reía de las ocurrencias de su ángel de la guarda. Estaba medio en pedo pero aún podía disfrutar de la noche. Su imaginación funcionaba a mil por hora. Una maravilla de otro planeta.
    —Dale, Dami, vení. Y no pienses más que soy un personaje de tu imaginación o te va a pasar lo mismo que al patovica, y vos no me lo agradecerás mañana.
    Damián avanzó entre la multitud, siguiendo la aureola que apenas se divisaba entre rayos láseres y luces que se encendían y apagaban acompañando el ritmo de la música que harían sangrar a los oídos más experimentados. De repente, todas las luces se apagaron y la música cesó. Un presentador habló desde el escenario, era el único al que podía verse en todo el local.
    —¡Buenas noches, amigos y amigas! —gritaba como uno de los conductores de los programas de cumbia que podían verse por la televisión abierta los sábados por la tarde—. Esta noche les damos la bienvenida a Medianoche con un show de streepers. Nuestra amiga Noelia representará a una enfermera muy mala, no tanto como Annie Wilkes pero con un ojete mucho más bueno, seguro, que no se deja encarcelar por Claudia, nuestra policía que no infringe la ley, solo le gusta bailar en el caño y desnudarse ante su público.
    —Es un presentador pésimo —le dijo Renso a Damián al oído.
    —Sí —afirmó Dami, quien nunca vio un show de streepers en vivo. Y no quería perderse este—. ¿Podemos mirar el show antes de continuar, Renso?
    —Claro que sí —respondió Renso—. Soy un ángel, no un monstruo. Además, hace tiempo que no veo un show de estas características, creo que Agustina se enojaría mucho si lo hiciera.
    —¿Quién es Agustina?
    —Mi novia.
    —Ah.
    Damián miraba entusiasmado el comienzo del show, como todos los hombres presentes. Vio, cerca del escenario, la cabeza de su hermano, era indiscutible, cualquiera reconocería semejante cabeza redonda a kilómetros. Agitaba sus brazos y lo acompañaban dos morochas a cada lado.
    —Tu hermano es un semental, Dami —comentó Renso—. Este sí sabe de la vida.
    —¿Acaso yo no sé nada?
    —Solo sabés calcular ecuaciones y nombrar constelaciones mientras mirás al cielo. A las mujeres hay que conquistarlas con el pedazo, sólo con el corazón no alcanza. No creas todo lo que dice Arjona o te va a ir muy mal en la vida.
    Damián asintió. ¿Tendría razón Renso en todo lo que decía? ¿Con el pedazo conquistó a Agustina? Si hubiera sabido la verdadera historia que ocultaba Renso detrás de su noviazgo sabría que el ángel mentía un poco respecto a las conquistas, con el trozo solo se conquistan amores de una noche, a los amores para toda la vida se los conquista con el alma. Todo lo hacía para darle confianza al muchacho, porque lo que estaba por venir no se podría mostrar a las tres de la tarde por televisión.
    El show comenzaba, de fondo la música para esta clase de espectáculos aumentaba su volumen hasta valores insoportables para el ser humano.
    La enfermerita Noelia, morocha perfecta y bien argenta, se abrazó al caño cromado y lo lamió con su larga lengua. Se quitó la parte de arriba de su uniforme dejando al descubierto un interesante sujetador negro en su pecho. Sus gomas eran muy grandes. Hizo algunas piruetas en el caño, se trepó unos tres metros de altura y dejó caer su minifalda desde las alturas de la locura. El conjunto de ropa interior era negro, descubrieron los hombres, fascinados por tan buen arte. Ahora danzaba alrededor del caño acentuando su culo cuando apuntaba hacia el público, era redondo, perfecto, simétrico, hermoso,  le ponía a todos los chabones la piel de gallina y le generaba una maravillosa sensación en la garganta a Damián.
    Noelia se quitó la parte de arriba dejando al desnudo sus pechos perfectos, los cuales bailaban al son de los pasos de su dueña versión enfermera, una que le hubiese venido muy bien a Paul Sheldon. Damián estaba que estallaba. Miró a Renso y vio que este sonreía, parecía que le gustaba todo aquello. La música sonaba cada vez más fuerte. La enfermera se colocó de modo tal que el caño quedara entre sus pechos y Damián se la imaginó a ella con sus pechos rodeando a su pene a punto de acabarle en toda la cara. Ese maldito tratamiento facial que tanto le generaba fantasías para nada vacías. Ella dio un par de vueltas y se detuvo frente al público. Llevó sus manos a los lados de su cintura y amagó con quitarse lo único que le quedaba para quedar completamente desnuda. Cuando levantó sus manos sin hacer nada se oyeron muchos silbidos y un intenso «NOOO» en todo el boliche generado por voces masculinas. La streeper sonrió y se sacó la bombachita negra sin inmutarse. Arrojó el objeto preciado, calentito y con olor a flores abiertas al público cachondo. Con su mano derecha se tapaba el anhelo de todo hombre y, a continuación, hizo un saludo con su mano libre. Se dio media vuelta y ese culo fantástico, merecedor de muchas reverencias, se llevó todos los aplausos
    La otra streeper, Claudia, entró en escena empujando a Noelia hacia  la parte trasera del escenario, como lo tenían ensayado, ella era la policía, la chica mala con la que todo hombre quiere ser arrestado. Y era rubia, como la protagonista de los sueños mojados de hombres sin alcance... El show fue similar al de la enfermera, solo que la primera lo hizo mil veces mejor. Damián creía que era porque Noelia, de la cual ya no recordaba el nombre salvo su culo, era morocha y, por eso, la preferida del público. Sin embargo, la rubia dejó a más de un espectador un poco más que caliente. Claudia, la policía mujer, mostró todo lo que tenía para mostrar. Damián terminó al palo. No había dudas que Medianoche le había proporcionado un gran show de streepers. A él y a todos los caballeros presentes.
    —Wow, así sí que vale la pena laburar —comentó Renso mientras se acomodaba el bulto—. Bueno, busquemos a Estefanía de una vez por todas. No veo la hora de llegar a casa y ponerla en remojo por seis horas o más.
    —Dale —dijo Damián, que caminaba con las piernas abiertas.
    El presentador volvió a hablar a su gente:
    —Y ahora queremos que sean las chicas del público quien nos vengan a demostrar sus habilidades en el caño. Hay un premio jugoso para ellas.
    Jugosa tengo esta, pensó Damián.
    —Las chicas que quieran participar que suban al escenario —continuó el presentador—. Sí, ustedes, las que levantan las manos. Suban.
    Cinco chicas subieron al escenario con el rostro sonriente y una mirada de puta de campeonato. Esas miradas eran muy provocadoras para cualquiera que las vieran. Se pararon frente al público.
    Renso se detuvo repentinamente mirando al escenario.
    —¡Mierda! —exclamó.
    —¿Qué? —preguntó Damián mientras desviaba su mirada hacia el escenario. Miró a las chicas en el escenario, una de ellas era la Chica de azul, Tamara, con quien había bailado hacía un siglo atrás, al lado de ella estaba Estefanía y luego...
    —¡TEFI! —gritó, sintió un mareo y se dejó caer. Renso lo tomó del brazo derecho para que no cayera. Damián recuperó un poco el equilibrio.
    —Tranquilo, vamos para allá. Debemos sacarla del escenario. Esto se puso más complicado de lo que me imaginaba, siempre me la hace difícil el Jefe.
    Damián avanzó entre la multitud a empujones y uno que otro codazo, recibiendo más de un insulto por parte de la gente.
    —Tranquilo, Dami. Vamos a llegar bien —intentó calmarlo Renso, pero sabía que los celos eran más poderosos que cualquier mierda a esa hora de la madrugada y en esa situación tan complicada.
    La chica del vestido azul fue la primera en bailar en el caño, el vestido azul terminó a un lado del escenario. Sus pechos eran una maravilla que valía la pena contemplar. El público le regaló un minuto de fuertes aplausos. Los hombres amaban la osadía de las chicas desconocidas. Amaban que se desnudaran ante ellos y Tamara había cumplido con lo pedido.
    —Aquí pasó Tamara, mis queridos amigos —dijo a los gritos el presentador, olvidando que llevaba un micrófono entre sus manos—. Una loca con clase. Y ahora les presento a Estefanía.
    Damián subió al escenario, se detuvo al ver a Tamara con sus tetas al aire mientras se agachaba para recoger su ropa. Esta se dio media vuelta y le vio el culo.
    Ese culo me acarició a Damiancito, pensó. Oyó el nombre de Estefanía por los parlantes y subió al escenario.

7
    —¡No lo hagas, Tefi! —gritó.
    Estefanía se dio media vuelta. Estaba un poco borracha.
    —No te desnudes delante de todos estos pajeros.
    Los silbidos no tardaron en dejarse oír. El presentador se acercó a él mientras tapaba el micrófono con su mano y lo alejaba del rostro.
    —Bajate ahora, pendejo, o te cago a trompadas.
    Renso se acercó a él y le tocó el culo. El presentador abrió los ojos de par en par.
    —Carajo, te salvaste porque me agarró ganas de cagar. Dejá que las pibas se desnuden.
    —Que hagan lo que quieran, pero ella no —dijo señalando a Estefanía.
    —¡Eh, hermano, desnudate vos! —gritó José entre el público.
    Las chicas apoyaron la idea del hermano de Damián. Este lo miró a Renso y el ángel no supo hacer otra cosa más que encogerse de hombros.
    —Dami, ¿qué hacés acá? —le preguntó Estefanía.
    —Te amo, Tefi. Te amo desde que te conozco y no voy a dejar que te desnudes adelante de toda esta gente.
    Renso vio cómo el presentador no aguantó más y corría al baño. Luego vio a los dos pibes, a punto de besarse, todo iba bien.
    —Dami, ¿por qué ahora? ¿Por qué esperaste tanto tiempo para decírmelo? —le preguntó Estefanía.
    —Por miedo, por boludo, por las dos cosas. Pero ya no. No quiero perderte.
    —¡Bueno, loco, queremos ver a alguien desnudo! —gritó una mina a lo lejos—. ¡Mucho amor pero demostránoslo desnudándote!
    —Perdón, Tefi —dijo Damián, la besó y se acercó al caño. Dos de las chicas participantes se colocaron a cada lado de él—. Música, DJ.
    Las chicas comenzaron a manosear a Damián por todos lados, este sonreía y disfrutaba del momento. Ella ya sabía la verdad, la miró, leyó en sus labios un «Te amo» y luego le regaló una sonrisa estúpida de borracha. Miró a Renso y este le confirmó con un movimiento de cabeza. Sí: ella lo amaba y estaba borracha.
    Las chicas se quitaron sus respectivas blusas y la camisa a Damián. Sus senos rozaban el pecho de Damián. Le quitaron el pantalón dejando al descubierto un calzoncillo slip negro bien apretado, casi parecía una zunga.
    —Ese es mi hermano —comentó José a una de sus chicas—. La tiene grande como su hermano mayor.
    Las chicas también quedaron en ropa interior, hacían que el caño también fuera partícipe de la acción. Una de ellas se quitó el corpiño y tomó de la cabeza a Damián hasta obligarlo a arrodillarse. Puso sus senos en la cara de Damián y los agitó hacia los lados. Damián sentía un calor incontrolable. Estaba todo despeinado, aunque a nadie le importaba.
    Renso movía su cabeza y sonreía. La miró a Estefanía y vio en el rostro de ella mucho enojo, celos. Eso era bueno, aunque debía hacer algo o se le pondría fea la cosa a Damián después. Se acercó a ella y...
    —Perdón, Agus. Vos sabés que te amo un montón pero este mi trabajo. —Posó su mano derecha en la vagina de Estefanía. Dami nunca vio este suceso.
    Estefanía tuvo que irse al baño porque la regla le había llegado, antes de tiempo. Hija de puta.
    —Que siga la diversión —dijo Renso, y continuó disfrutando del espectaculo—. Ahora sí, háganle lo que quieran, locas de mierda.
    La otra chica también dejó su pecho al desnudo. Lo controlaron a Damián hasta dejarlo acostado en el suelo, boca arriba. La segunda chica, de pelo castaño, se quitó la bombacha de inmediato y se apoyó sobre Damiancito. Este estaba que iba a explotar. La chica danzaba sobre Damiancito ignorando que allí habían cientos de espectadores. La otra chica posó su culo en la cara de Damián y lo movía de un lado al otro. La felicidad en el muchacho no tenía nombre. Y los aplausos no tardaron en hacerse oír.
    La chica sobre el pene le sacó el slip al muchacho y lo ayudó a levantarse. Damián le enseñó a Damiancito a todo el público con las manos en alto, no dejaba de saludar a todos lados mientras su gran atributo le colgaba y recibía cientos de miradas mojadas. Las chicas no paraban de aplaudir y los tipos no podían cerrar sus bocas. El show más bizarros que jamás habían visto había acabado. Renso también aplaudía.
    Una de las chicas le comió la boca a Damián, la que estaba completamente desnuda y le tocó el pajarito. Las chicas espectadoras pegaron un grito repleto de calentura y medio pueblo quedó sordo.
    Damián hizo una reverencia y dio media vuelta para bajar del escenario. Renso se acercó a él.
    —Gran show, Dami —le dijo—. Yo sabía que tenías potencial, solo había que despertarlo.
    —Gracias, Renso. Gracias por ayudarme a confiar en mí.
    —No, fue el amor el que te ayudó a confiar en vos mismo.  Aun así, uno hace las cosas más extrañas en nombre del amor. Vamos, vestite o las minas te van a comer a vos y a tu considerable pedazo.

8
     Renso se despidió de Damián. Lo saludó con un gesto de manos. Las chicas detrás del ángel no paraban de murmurar y vitorear el nombre «Damián». Lo saludaron, todas contentas con el gran espectáculo regalado. El presentador le había pedido que hiciera unos cuantos shows más para Medianoche pero Damián lo había mandado a la mierda. No más desnudos delante de tantas personas, salvo delante de dos o tres, si algún día a Estefanía se le antojaba una orgía.
    —Locas de mierda —comentó ella desde el asiento de atrás.
    —Sí. Damián, veo que seguiste mis consejos y te abriste a la sociedad. ¡Ese es mi hermano, carajo! Por cierto, mis amores me esperan —informó José mientras ponía el coche en marcha—. Así que los llevo a casa y vuelvo a buscarlas. Estos remiseros de mierda que no están cuando uno más los necesita.
    —Vamos, brother, si ya las tenés a todas. Estarán ahí esperándote cuando vuelvas —dijo Damián.
    —Es cierto. Es cierto. Pero no me gusta hacerlas esperar. Todavía la noche no se termina...

    El auto se detuvo frente a la casa de Estefanía.
    —Papá y mamá no están esta noche. Si querés quedarte un rato, Dami, por mí no hay problemas —dijo ella con una voz y una mirada fulminante de zorra. Damián no lo dudó un instante.
    —Excelente, esta noche habrá tiroteo para mi hermano —dijo José, y los echó de su vehículo.
    El coche salió a toda velocidad hacia la ruta dejando una estela de polvo considerable en la calle de  tierra.
    —Dame tu mano, Dami. Hoy me vino, así que estaremos más tranquilos —informó, pero Damián no la oyó. Ya casi no pensaba a las tres de la madrugada.
    Ella llevó la mano de Damián a su pecho y la presionó con mucha fuerza. Lo miró a los ojos mientras se mordía los labios de un modo muy sensual.
    —Esta noche seré tuya, Dami. Haceme mujer.
    —Y vos, Tefi, haceme hombre.

5 comentarios:

  1. muy buen blog, espero tener mas tiempor y leer tus cuentos, me acabo de hacer un blog, es escritoroscuro.blogspot.com, ya te sigo, saludoss

    ResponderEliminar
  2. Excelente, Cristian, qué manera de reírme, je, je...
    Sabía que Renso volvería a aparecer por estos lares, genial...
    Gracias por seguir compartiendo tus letras...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por seguir leyendo mis letras, Juan...

      Eliminar
  3. Que gran sorpresa encontrar al angelito acá. Esta historia es bien tuya, marca registrada. Te pasaste. Las conexiones en las historias le da mucha fuerza a tus personajes. Tenés en manos una futura gran antología que deberías pensar en armarla. Te regalo la idea, ja.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es posible, no es la primera idea que se me pasó por la cabeza al respecto, hay otras historias que podrían encontrar su final hasta que encuentren estos personajes el suyo... Pero bueno, habrá que esperar a que caigan del cielo... las ideas, obvio.

      Eliminar